Uno creado especialmente para que Iván Taube suba las actividades del Taller de Expresión en este extraño (no) arranque del ciclo lectivo 2020
domingo, 5 de julio de 2020
En el bosque - Diario de escritor
domingo, 28 de junio de 2020
La muerte del detective Bermúdez - cuento con objetos
–Yo no pretendo ir linchando chorros como un justiciero a mano propia, Gandolfi – supo comentarle a quien a partir de ese momento sería su ayudante–. El Conurbano está lleno de esos. Yo resuelvo misterios.
Los observaba atentos como un padre orgulloso. A Gandolfi lo había conocido un tiempo antes, y, si bien su personalidad, vamos a decirlo, no era tan atractiva como la de Gerardo, todo cuanto supe del detective fue gracias a él. Por eso le tenía tanto o más cariño. Además, aunque no fuera tan carismático, una vez que empezaba a hablar desplegaba todo un universo de su interior.
Lo que buscaban en ese lugar era información. Eugenio Casado, el dueño de Transportes 1 de Septiembre S.A., a cargo de los colectivos 15, 37, 45 y 93, había aparecido muerto en su oficina días atrás. Su cuerpo tirado en el suelo, sangre en su nariz y boca y una bolsa en la mesa. A nivel local fue todo un suceso. Nadie dudó en caratularlo de sobredosis. Nadie, claro, excepto Gerardo. Según contaba Gandolfi, en el momento en que se enteró Bermúdez ya habló de asesinato.
–Se trata de un empresario importante –dijo–, seguro hay personas interesadas en quedarse con sus posesiones. Además, un hombre de su monta no se deja matar tan fácil. Consume mejor droga.
Se sabía que Casado manejaba gran parte de las sustancias que se vendían en el barrio. Y no eran de buena calidad. Un punto a favor de la sospecha de Bermúdez, siguiendo la lógica de no mezclar negocios con placer.
De alguna forma que nunca me terminó de quedar muy clara accedieron a la escena del crimen. Gandolfi era amigo del jefe de la seccional, o algo así. Algún día iba a esclarecer esa historia. Allí Bermúdez comprobó lo que sospechaba: había polvo de vidrio dentro de la bolsa con cocaína. Gandolfi sabía narrar esta escena con una gran precisión. Describía con lujo de detalles la habitación, la ubicación de los objetos, del cuerpo... lo que no podía explicar muy bien era cómo el detective había podido concluir, más allá de sus correctas intuiciones, que la bolsa tenía polvo de vidrio. Otra de las asignaturas pendientes.
Pero ahora Gandolfi estaba igual de muerto que Bermúdez. El arma que había propiciado la masacre seguía ahí, al lado del cadáver, con su punta desenvainada. El azul que los cubría ya ni siquiera dejaba distinguir dónde terminaba uno y dónde comenzaba el otro. Eran, más que nunca, parte junto a todo lo demás de una misma cosa arrugada. Claro, uno a veces no se da cuenta la cantidad de cosas que se pueden perder a la vez.
Me tragué las dudas sobre la escena del crimen: los acontecimientos seguían a galope. Lo importante era que alguien había envenenado la cocaína del difunto. O, lo que a Bermúdez le resultaba más plausible, alguien había intercambiado la bolsa de Casado por otra contaminada. Era cuestión de descubrir quién. Bermúdez aún no estaba seguro, pero de algo confiaba: fuera quien fuera la persona que introdujo otra bolsa, se la tenía que haber comprado a La Banda del Enano en la terminal del 93.
Es verdad, lo que contaba Gandolfi que pasó a continuación es difícil de creer. O sea, que ir a preguntarle a los transas del barrio por sus clientes no iba a salir bien, caía de maduro. Pero que ellos dos, inexpertos en la pelea, hayan reducido a un grupo de siete monos armados que los quisieron correr... sí, tenía razón mi mujer, no tenía pies ni cabeza. Para ese momento la euforia y el interés de Gandolfi en su nuevo compañero y en el caso que seguía habían aumentado tanto como en mí. Pero ella no tenía tanto entusiasmo cuando le conté todo en la cena aquella noche. No podía creerse esa historia, decía.
–Incluso para ser ficción esa pelea es demasiado surreal. Además eso de que se va de ahí con un posible sospechoso porque viendo la marca del calzado en el barro deduce que era un tipo gordo es literalmente lo mismo que pasa en Estudio en Escarlata.
A ella le gustan mucho los policiales, pero con detectives europeos. No podía tolerar que ahora hubiera uno en el Conurbano.
De a poco empezaba a contagiarme su desencanto. Los sucesos que iba contando Gandolfi eran cada vez más intrincados. Un buen día Bermúdez le anunció que había encontrado al asesino. Al parecer no había tantos hombres gordos en Munro que pudieran haber sido los culpables. Dio la causalidad que resultó ser un tal García, el primero al que Bermúdez se dedicó a investigar. Se escabulló en su casa de noche, fácil como solo él podía. Encontró unos papeles apoyados sobre la mesa en la oficina que reunían buena evidencia. Pero le interesó incluso más el espejo roto.
Lo del espejo roto me parecía brillante pero sentía que perdía valor introduciéndolo recién ahí. Podría haber aparecido antes en el relato y servir como un indicio oculto. A partir de ese momento mis problemas con el detective Bermúdez se empezaron a evidenciar cada vez más. Lo que en un principio me parecía una trama brillante, clásica pero revitalizada por el cambio de entorno, ahora se me hacía un bodrio cliché insertado a la fuerza en un mundo que no le pertenecía.
Con esos cuestionamientos en mi cabeza presencié cómo al día siguiente Gandolfi iba junto a Bermúdez, policías y un fiscal a la casa de García. Pero cuando entraron no lo encontraron. Había escapado. En su oficina seguía estando el espejo roto, pero en la mesa los papeles brillaban por su ausencia. En cambio, había una hoja grande con unos signos extrañísimos, parecían...
–Jeroglíficos. –Bermúdez contestó la mente de todos los presentes. Agarró la hoja.– Rápido, hay que ir al Instituto de Antropología.
Los policías se miraron haciendo un gesto de extrañeza.
–¿Intuye algo? –Preguntó uno.
–Sí. Y no tenemos mucho tiempo. –Volteó hacia la puerta y comenzó a alejarse de la oficina. Ya bajando las escaleras, gritó de espaldas–: ¿Saben cómo llegar?
Los allí presentes vacilaron.
–Será mejor que lo sigamos –propuso Gandolfi.
Les hicieron caso, sin terminar de comprender por qué. Eran unos veinte minutos de viaje. Iban dos patrulleros, el fiscal en uno de ellos. A Bermúdez lo llevaba Gandolfi en su auto particular.
–Los policías y el fiscal no parecían muy convencidos de venir –comentó Gandolfi–. Escuchame, ¿qué fue lo que pasó?
–Todavía no lo podemos saber. Pero tengo una idea, y creo que tiene bastante sentido. Ya vas a ver –contestó Bermúdez.
Pronto estuvieron frente al edificio en el barrio de Belgrano. Era una zona residencial, de calles arboladas, casas grandes y edificios con patio en la entrada. Algunos vecinos que pasaban caminando observaban la comitiva con perplejidad. No era común ver a la Bonaerense dentro de Capital. Entraron. En la recepción aguardaba una señora grande de rostro amable y anteojos.
–¿En qué puedo ayudarlos? –Preguntó.
Todos miraron a Bermúdez. Él se abrió paso y, con la hoja en la mano y expresión certera, le contestó:
–
Y llegué hasta ahí. No supe qué más escribir. No tenía la más mínima idea de qué significaba el jeroglífico, qué iba a pasar a continuación ni cómo se resolvía. Ni siquiera estaba seguro de si en algún momento lo había sabido. Me fui por las ramas, pensé. Taché las últimas líneas, a partir de donde aparecen los jeroglíficos. Lo había puesto buscando algún giro en la trama, algo sorpresivo y que no haga la historia tan sencilla. Pero fue demasiado. Había perdido la esencia: el detective inteligente pero de recursos humildes, el caso enigmático pero cotidiano. Tenía que volver a lo de antes, situaciones que tuvieran sentido dentro del universo del Conurbano. ¿Lo de antes? Releí todo lo que tenía. Ya no me gustaba. Los conflictos no estaban magistralmente resueltos como en Sherlock Holmes. La lógica en los planteos de Bermúdez no era del vuelo intelectual de Dupin. Las incongruencias en la historia no eran fáciles de corregir. Escribir un policial es muy difícil.
Negrita vino a hacerme compañía. El sonido de su respiración al lado mío me despabiló. La acaricié y sacudí todo mi cuerpo, saliendo del trance. Volteé la cabeza hacia el reloj de péndulo: la una y cuarto.
Habían pasado, no sé, diez, quince, veinte minutos desde que taché la parte del jeroglífico y releí todo el cuento y me pareció una mierda; y se me vino a la mente mi viejo en mi adolescencia diciendo que no me dedicara a la escritura; y me pregunté quién carajo me había mandado a perder tres meses con la pedorrada de un detective del Conurbano; y con la lapicera que seguía en mi mano y furia en el pecho taché, taché todo, y el papel se fue llenando de líneas y manchas azules y las letras negras se fueron perdiendo y Gandolfi dejó de narrar; y mientras soltaba la lapicera y con las dos manos agarraba las hojas y las arrugaba y rompía y hacía un bollo, el detective Bermúdez, Munro, Conan Doyle y todo y todos se iban a la concha de su madre.
Sin dejar de acariciar a la perra, respiré profundo y me fui incorporando. Tapé la lapicera. Terminé de despedir a Bermúdez. Agarré el bollo y se lo lancé a Negrita, que se puso a jugar con él. Fui a la cocina a hacerme un té.
domingo, 21 de junio de 2020
Bartheseando a Cortázar
A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció enseguida por el chambergo gris y el saco cruzado. Caminaba con la mano izquierda en el bolsillo y la cabeza en alto, atento a lo que tenía alrededor. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Sin embargo Romero se quedó allí donde estaba, buscando algo con la mirada. Antes de que Beltrán se impacientara, Romero encontró el auto con la vista. Exactamente en ese momento, puso el coche en marcha y sacó el brazo por la ventanilla. Pero el rostro de Romero no fue de sorpresa. En cambio, entró a reír. El coche explotó. Su ruido se confundió con el de cualquier petardo de una movilización en el centro porteño.
viernes, 19 de junio de 2020
Narradora habilidoza
La historia no es más que una anécdota sencilla, un pequeño drama pero que por lo ridículo, absurdo o, sencillamente, escatológico de la situación se vuelve muy cómico. En definitiva, una tragicomedia, que además tiene algo de aprendizaje. Porque, como bien dice Rochi al comenzar su relato, el objetivo al contarlo es combatir "el tabú de la caca". Una vez que hace esa aclaración al empezar, que sirve como anticipo de la temática/conflicto de la historia, narra prácticamente sin ninguna distorsión temporal de la historia, cuya línea temporal se puede organizar bajo los siguientes núcleos (entre ellos, anotaciones de cómo se muestran en el relato):
- Rochi y Mora comieron en la mezzetta
- Fueron a la casa de Mora
Hasta aquí cuenta en forma de resumen, sin detalles (había ido a cenar (...). Y llegamos a la casa (...).).
- Cada una fue a un baño
Introduce una conversación primero, y una descripción de la ubicación del baño en la casa después.
- Mora hizo sus necesidades y salió del baño. Se puso a hablar con su hermano. Rochi hizo sus necesidades pero no anduvo la cadena.
A partir de acá introduce el presente histórico para narrar gran parte de las acciones. Añade comentarios, usando discurso directo, de lo que iba pensando en el momento. También algunas pausas, con comentarios generales (por ejemplo, sobre cómo llenar un balde de agua sin mojar todo) o reflexiones posteriores de la situación, desde el momento de enunciación.
- Guardó el sorete en una bolsa y fue al otro baño
- En el otro baño no logró su cometido
- Bajó y en el toilette de la planta baja se deshizo del sorete.
- Rochi pensó cómo deshacerse de la bolsa.
- Salió del baño y se cruzó con la mamá de Mora, que le dio frazadas para subir.
- Fue hasta la cocina y tiró la bolsa.
- Subió y se encontró con Mora, que le preguntó si estaba bien. Rochi le dijo que sí.
Cierra la anécdota con contando que tiempo después se la contó a la familia de Mora y a sus amigas. Termina de reflexionar sobre sus accionares y, redondeando la idea de enseñanza del principio, dice que esta experiencia la hizo mejor persona.
Algunos apuntes más sobre la narradora y la situación de narración. Estábamos en una emisión especial del programa del centro de estudiantes de nuestra secundaria. Era el evento de fin de año de la radio donde se transmite, y se grababa toda la tardenoche desde un bar. Todo esto influye, primero que nada, en que haya mucho ruido de fondo (música, conversaciones) y el sonido no sea genial. Pero lo aclaro porque me parece que la situación (estar saliendo al aire, hablando frente a un público más grande que una ronda de amigues) hizo que Rochi hablara más rápido, con una voz algo más fuerte y tensa de lo que quizás hubiera hecho en un lugar más tranquilo. (Además había cerveza, no sé si había tomado una para ese momento pero eso también te apura la lengua. Al principio se me escucha a mí haciendo un comentario y espero que haya sido eso porque mamita, no se me entendía nada de lo rápido y poco modulado que hablé, qué espanto.) Ahora sí, más allá de eso tiene una forma de contar que es muy graciosa. Ya de por sí la velocidad y esa cierta tensión, inseguridad, causa gracia porque vuelve trágico y altera una historia, como dije al principio, muy pequeña y cotidiana. Y en verdad la historia en sí tiene un poco de eso, porque las acciones se van desenvolviendo a medida que la visión y las desiciones de Rochi son un poco fatalistas. Entonces acompañar el relato desde esa misma perspectiva te ayuda a entrar en el clima de la historia.
Por lo demás, usa registro informal y muy propio del círculo que compone nuestro entorno (poneele que 18±3 años, clase media-alta progre de AMBA), en particular repite mucho la palabra "situación". Tiene muletillas como "Bueno, (...)". E importantísimo: ríe y eso le aporta mucha gracia a la narración.
martes, 9 de junio de 2020
¿Jorge? - Cuento breve propio
domingo, 31 de mayo de 2020
Escena del arafue - Diario de escritor
Caminando por Alvarez Thomas me pareció ver a una persona (me pareció mujer, pero no sé de qué edad) dando vueltas en bicicleta por su terraza. Una linda terraza, fue la primera vez que la noté, aún cuando está muy expuesta a la calle. No sé si esa escena estaba sucediendo realmente o si fue una ocurrencia mía, pero era tristísima. Me daba una sensación (poniéndome en el lugar de la persona que da vueltas en bicicleta por su terraza, donde apenas si puede dar un par de pedaleos) de soledad y resignación. ¡Ah, la angustia de estos tiempos de mierda que estamos viviendo! Tenía unas ganas de poder tomarme ese 44 (unos metros más adelante sería un 65) que venía hacia mí e irme al Monumental, este año quería empezar a ir a la cancha más seguido.
Seguí caminando y pasó un 140, viejo soldado de tantas batallas, aquel que tomaba con frecuencia el año pasado para ir al cbc, con el que podría irme hasta Villa Urquiza, a cuadras de la General Paz, donde vive un amigo. Mientras, casi a la vez, en la mano de enfrente pasaba el de sentido contrario, el que llega hasta Correo Central, ese que debería estar tomando los jueves a eso de las 20, para bajarme en Cabrera y Medrano, enfrente del Café Cortázar, y caminar media cuadra hasta la radio.
Pasó un 93, de esos bondis a los que uno le toma cariño por lo irremediablemente necesarios que son, por más que no sea una maravilla, y una cuadra después ya era Teodoro García, por donde doblaba el 168 hacia la avenida. Tardé en querer al 168, antes lo ninguneaba bastante. Sobre todo cuando debía volverme desde la zona de Cabildo y Juramento a mi casa, porque era, de las opciones viables, el que más lejos me dejaba. Pero con el tiempo lo empecé a encontrar más útil para otros recorridos. Me ha salvado a la vuelta de noches de juerga o radio esperando en la Córdoba palermitana. Este año debería haberme llevado muchas veces hasta Cabildo y Ramallo para laburar.
Y llegué hasta Federico Lacroze, y extrañé tomarme un 42 hacia Villa Crespo una vez por semana para jugar al fútbol con mis amigos; y lamenté no ver ningún 184 dando sus primeros (o últimos pasos), como para incluir en este repaso a él, que acompaña al 168 en su excursión hasta Vicente López, y que muchas veces tomé, cuando me falló el tren, para ir a lo de mi psicoanalista en el bellísimo barrio de Florida; y me pareció ver que a lo lejos asomaba el 42 que los fines de semana, y contrario a lo que esperaba, nunca me dejó de garpe, yendo hasta el Monumental pero para ver fútbol femenino, que no implica cortar los accesos, por lo que me puedo bajar en la entrada del club.
Doblé en Olleros pensando que en este recorrido no había aparecido el 151, el más querido, de recorrido clave, similar al 140 para un lado, pero con una frecuencia mucho más atenta; al 168 y 184 para el otro. Pasó un 90, y mientras pensaba si ameritaba que entrara en esta lista de viajes cotidianos me distrajo un auto que con su ventana abierta dejó la estela de Salando las Heridas. Continué la canción, cantando por debajo del barbijo mientras caminaba.
miércoles, 27 de mayo de 2020
Pequeños sueños
Martes. Hoy soñé en una fiesta de cumpleaños, mía. Un lugar amplio, creo que en un principio el jardín de mi quinta, aunque luego se convertía en otro lugar, uno cerrado, con varios pisos, de pasillos anchos con escaleras que rodeaban las plantas. Había mucha comida, dulce, salada, yo morfaba bastante. La comida era ofrecida a lxs invitadxs pero había otras cosas que no, a mí eso me molestaba. Creo que comía tanto y con tanta mezcla dulce - salado que empezaba a sentirme un poco mal. Había, también, muchísimos invitadxs, gente que yo ni conocía.
Algo que me viene sucediendo en estos tiempos cuarentenosos es que muchas veces las condiciones actuales de reclusión se insertan de a pedacitos y de golpe en medio de mis sueños. Es decir, imagino primero un verosímil de “la vida normal” y después en el medio del sueño “me acuerdo” de que hoy eso está “mal”. En el caso de este sueño lo primero que me trajo un poco a lo actual es que me hicieran notar que tenía el pelo y la barba descuidadas. Eso me molestó.
Luego en el sueño salí del lugar donde estábamos, que desde afuera parecía la entrada a un gran boliche. Estaba ubicado en una autopista, y a los pocos metros cruzaba en un puente una especie de Gral Paz que dividía Ciudad con Provincia, y allí había autos de la policía para hacer controles (porque claro, estamos en cuarentena, necesitás un permiso para circular entre distintas jurisdicciones). Yo me subía a un auto invitado a dar una vuelta por un amigo de la primaria, aunque sabiendo que si íbamos para el lado de provincia - en realidad, creo que solo podíamos salir para ese lado, porque el boliche estaba en esa mano - muy probablemente fuéramos pollo. Ojo, no estábamos rompiendo la cuarentena por hacer una fiesta, con eso no había problema, pero estar en auto pasando de un lugar a otro por venir de una fiesta no estaba permitido. Cuestión que dimos una vuelta, cruzando esa Gral Paz, y yo estaba con el culo en las patas las dos veces que safamos de pedo de que nos pararan a pedir el permiso que no teníamos. Cuando estábamos volviendo ya amanecía. Unxs amigxs me prometieron un porro dentro de un rato, yo accedí. Se fueron a bajonear a un puestito a un par de cuadras (pensándolo bien, el paisaje es más propio de la Av. Costanera, si llegara a cruzar con la Gral Paz), yo lxs acompañé. Era un lugar que solo vendía en promos muy grandes, con muchas dudas compré algo así como cuatro panchos con cuatro pintas, me acuerdo que discutíamos las variedades de cerveza que podíamos llevar. Pero apenas hice la compra me arrepentí porque era mucho más de lo que quería y podía comer y tomar. Eventualmente fui perdiendo rastro del sueño, a medida que me despertaba.
martes, 19 de mayo de 2020
Jesús y la media pinta

El Jesús lo había comprado en... no recuerdo si Roma o Venecia, en un viaje de intercambio del que ya hablé en mi autobiografía. Obviamente fue un viaje muy importante y eso ya carga de significancia al objeto. Pero sobre todo lo valoro desde un plano semiótico y semántico: se me hace muy memero y muy temerario también. No es cualquier cosa banalizar al cristianismo y menos en Italia. Lo puse en mi mesa de luz apuntando con el dedo hacia mi cama.
(A los pocos meses el bar abrió de nuevo. Pero nunca volvimos a ir. Después cerró definitivamente y ahora hay otro bar. El Jesús lo sigo teniendo. Nunca le pegué el dedo. Hace poco también se le despegó el resorte con la cabeza.)
Registro de la rutina - diario de escritor
Viernes. Me levanté bastante después de haberme despertado, estuve como media hora usando el celular en la cama. Ergo, me levanté ya bien despierto. Mi religioso pasaje por el baño para arrancar el día fue entonces algo breve. Fui ya vestido, y sin detenerme a pasar por el inodoro regulé rápidamente la temperatura del agua para que saliera tibia, junté las manos haciendo de su unión una superficie cóncava y allí junté agua que me eché delicamente en la cara, una o dos veces. Me saqué los protectores bucales de descanso, cerré el agua caliente, y mojé mi cepillo cuando de la canilla corría ya solo agua fría, que luego cerré. Me distraje, quizás, con algunos mensajes en el celular entre esto y empezar a lavarme los dientes, mientras ponía el dentrífico. Me lavé los dientes con cierto cuidado porque me salió un afta en el labio inferior, a la altura del canino inferior derecho. Enjuagué el cepillo, me hice un buche y guardé mi cepillo en el vaso donde acostumbra estar. Me puse manteca de cacao en los labios y por último un poco de una pomada para el afta, antes de salir del baño.
Sábado. Me levanté para ver fútbol alemán (es lo que hay). Prendí la tele y fui al baño sin cambiarme. Cagué mientras revisaba notificaciones en twitter y pispeaba el timeline. Me limpié, tiré la cadena, y prendí el agua caliente de la canilla. Empecé a lavarme las manos mientras se calentaba el agua, que después regulé con fría para que quedara tibia, y me lavé la cara con dos pasadas de agua. Luego, otro tanto pero exclusivamente en la zona de los ojos, para quitar legañas. A continuación me saqué los protectores bucales, que enjuagué y puse en su contenedor. Apagué el agua caliente, mojé el cepillo de dientes, cerré la canilla. Mientras me lavaba los dientes me asomé a mi cuarto para ver cómo iba el partido. Volví al baño, abrí el agua fría, enjuagué el cepillo, me hice un buche.
Domingo. Fui al baño ya vestido y con el celu en la mano viendo un streaming de la liga de Bielorrusia. Me lavé las manos con agua que iba deviniendo caliente, apenás me mojé la cara. Cerré la canilla, colgué un momento con el celu, abrí el agua fría para mojar el cepillo y la cerré. La noche anterior me quedé dormido sin ponerme los protectores así que no tuve que sacármelos. Me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche, guardé el cepillo, siempre con el streaming al lado. También antes de acostarme había olvidado pasarme hilo dental, así que lo hice ahora.
Lunes. Me levanté y fui al baño con algo de abrigo arriba del pijama. Abrí el agua caliente y mientras tomaba temperatura hice pis. Luego regulé el agua y me lavé las manos y la cara con displicencia, mientras pensaba en cualquier cosa. Me quedé sólo con el agua fría, pero todavía tenía que sacarme y enjuagar los protectores bucales, y aún no quería entregar mis manos al frío. Entonces mojé mi cepillo primero, después volví a prender el agua caliente y ya más a gusto con la temperatura los enjuagué. Luego cerré el agua, me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche y me fui del baño.
Martes. Hoy estuve más distraído. Fui al baño un rato después de estar levantado en mi cuarto. Creo que ya vestido. Cuando volví de pensar en cualquier cosa y recordé que estaba haciendo este registro, me estaba sonando los dedos de la mano izquierda bajo el agua tibia de la canilla. Seguí un rato con la otra mano, me las lavé con jabón, me mojé la cara. Después estuve a punto de cerrar el agua caliente, pero me detuve para sacarme y enjuagar los protectores. Después sí, esperé a que el agua se enfriara y mojé el cepillo, le puse pasta y me lavé los dientes y las encías (esto sucedió todos los días, pero no lo aclaré anteriormente). Supongo que enjuagué el cepillo antes de hacerme un buche, como suele suceder. Luego fui al inodoro e hice pis.
miércoles, 13 de mayo de 2020
Frase - Diario de escritor
Lo dijo al pasar Pedro Rosemblat en su programa de radio (Patrulla Perdida)
Nueva normalidad: a un estudiante se le murió el padre y a otro se le murió el celular. Sigue cursando el que se le murió el padre, el del celular tuvo que dejar.— El mono de sofista 🦝 (@elmonodesofista) June 6, 2020
23/6
"(Al igual que la función,) la vida solo sabe renacer si muere en cada despedida"
Murga Un Título Viejo
https://www.youtube.com/watch?v=CqVdmDeMJe8
27/6
"El polvo va y viene, vos aprovechá el tiempo que no vuelve nunca más" – Lo dijo mi papá y pidió que lo anote (?
Sobre Borges y el cuento policial
Borges afirma que el lector de cuentos policiales existe en todo el mundo y posee una actitud que aplica en la lectura de cualquier género. Se trata de una posición deductiva, alerta, que busca anticipar a medida que aparecen los elementos que en un primer momento pasan desapercibidos pero que terminarán siendo decisivos en la resolución (las teorías de Piglia sobre las dos historias y sobre los finales tienen mucho que ver con esto). En realidad, creo que todo el mundo es hoy en día este tipo de lector, ya que el género policial es uno que ha quedado muy instaurado tanto en sus formas tradicionales (el pico de popularidad es Sherlock Holmes) como en otras más transversales a otros marcos y estilos (debido justamente a que la actitud del lector de policiales es universal). Borges atribuye la existencia de esta característica lectora a Poe, dado que es quien creó (o más bien escribió los primeros cuentos de) el género policial. A continuación cuenta acerca de la vida de Poe, intentando reconocer qué hay detrás de la invención del género. Encuentra una intención de Poe por hacerse identificar por una figura altamente inteligente, y por eso modela el tipo de trama que requiere de la figura de un detective de guante blanco, que resuelve crímenes prácticamente perfectos en casos casi imposibles mediante la deducción, el razonamiento y la lógica. El detective además es una figura algo enigmática, fría, que piensa de una forma distinta a la gente común, y es por eso que Poe sitúa a su personaje y a sus historias en el mundo francófono, siempre visto como cultura opuesta - dentro de lo occidental - a la suya anglosajona. Otro aporte que sería continuado luego por Conan Doyle para las aventuras de Sherlock Holmes es la postura del narrador, que es un personaje testigo que convive con el inspector y lo admira. La temática de los dos amigos, opuestos entre sí, para que el protagonista resalte sus características aún más, es rastreada por Borges hasta El Quijote, y continúa hoy siendo muy usada.
Tan extendida está la lectura del género que Borges afirma que hoy en día la resolución de la opera prima, Los crímenes de la Rue Morgue, no es suficiente: debería releer el cuento, pero creo que se refiera a que deja demasiados indicios, y un lector acostumbrado deduciría el argumento antes. O simplemente, a que una resolución sobrehumana es un artilugio no válido, como el rechazo a los cuentos fantásticos cuyo final es que todo había sido un sueño. Borges halaga en cambio - siempre teniendo en cuenta que es un lector acostumbrado, sin desmerecer lo innovador de Poe en su momento - cuentos como El hombre invisible, de Chesterton, donde la dinámica es al revés: en un marco fantástico, incluso de ciencia ficción, la resolución termina siendo realista y de un nivel de sutileza propio del policial blanco.
De Poe, en definitiva, Borges destaca que la invención del género policial - y la consecuente aparición del lector de policiales - ayudó a la idea de que la literatura es un ejercicio racional. Y, si bien siente que el devenir del género, con los policiales negros americanos, pierde la esencia y está en decadencia, admite que no es poca cosa conservar una estructura, contar la historia con inicio, desarrollo y final, y ese es un complicado ejercicio que el policial requiere.

