lunes, 14 de septiembre de 2020

Nota de lectura de los textos de Casas



Ocio y Asterix, el encargado tienen ambos un narrador en primera persona, focalizado en el protagonista (se asume que, más o menos, concuerda con hechos reales vividos por el autor), quien de forma reflexiva hace un recorrido temporal circular: arranca usando el tiempo presente, situado en el momento de enunciación, de allí pega un salto y retrocede, y empieza a recomponer la historia avanzando en el tiempo (a veces de nuevo con breves retrocesos) hasta llegar al punto donde empezó.

Los dos textos de Casas están escritos como se piensa, o como se cuenta una anécdota. Una experiencia que debe de ser mucho más placentera de escribir que de leer. O al menos en casos como el de Ocio. Casi una típica novela sobre adolescencia, solo que corrida un par de años, perdiendo toda la parte de iniciación. En criollo, no se desarrolla la sexualidad, no hay en los pensamientos del protagonista las dudas, los deseos propios de ese cambio de edad. Acá hay más bien resignación. Andrés divaga en situaciones, anécdotas y cotidianidades de los últimos meses de su vida en las que no pretende nada más que existir y dejarse llevar por la nada misma. Leerlo me resultó algo desesperante. No me atrevo a decir que me haya aburrido, está bien escrita e incluso tiene su encanto. Pero a medida que iba avanzando las hojas y me iba dando cuenta que la historia no iba a llegar a ningún punto, me sentía tan a la deriva como el protagonista. Supongo que ese era el punto al que llegar.

La novela está dividida en capítulos, la mayoría escenas esporádicas entre sí. Hay uno que me llamó la atención, muy corto, en medio de dos que están continuados. Andrés y Rolo están en el bar con una chica, esperando a que se vaya para poder hablar tranquilos. Y ahí el narrador cuenta: “Me quedé callado y me puse a pensar (...). Y a veces también recuerdo lo que pienso. Inventar no invento. Recuerdo cosas, historias. por lo general recuerdo algo y lo modifico. Así es más fácil. Igual me parece que si está todo inventado no vale la pena”. Me pareció una confesión de parte, una explicación de qué era lo que estaba pasando, lo que se estaba contando. Y se vé bien cuando en el otro cuento aparece la historia del gato pero contada desde la visión del protagonista.

Sobre el final se pone interesante, con la visita al hospital y un par de escenas con elementos extraños que me generaron la duda de si Andrés estaba drogado o no.

Asterix, el encargado es un cuento sin tantas particularidades, podría decirse. Si bien conserva muchas de las que encontré en Ocio en cuanto a la manera de narrar, tiene un ritmo menos denso. Con el presente de enunciación bastante más adelante en el tiempo a la historia, Casas mete muchos comentarios y reflexiones actuales, lo que le da un ida y vuelta interesante al relato, bien en formato de anécdota. Pareciera, incluso, que la propuesta de lo que narrado (“contar cómo tuve mi único satori”) es una excusa para hablar de todo lo demás, de Asterix, de Susi y del gato, que, concluye la historia, un día se va, al igual que las otras dos personas en esta historia.

sábado, 22 de agosto de 2020

Crónica de lectura de Poissant

Empecé leyendo El hombre lagarto. Una rápida y protocolar gugleada me indicó que pertenece al libro El cielo de los animales (al igual que el cuento homónimo), primer libro del autor publicado en 2014. Así que fue una gugleada útil, porque me indicó que es contemporáneo, más bien emergente (al punto de que ni siquiera tiene una página de wikipedia, pero eso ya es un dato de color). El otro dato importante es que, contrario a lo que su apellido me hacía imaginar, es yanqui. Y escribe como tal. Ya en las primeras líneas del cuento logró presentar muy bien el ambiente, medio de suburbio, medio de country estadounidense, en detalles como los tatuajes, la camioneta. En esa primera parte los diálogos presentan el rumbo de la historia "evidente", retomando las ideas de Piglia: la muerte del padre de Cam, el viaje hacia su casa. Mientras que en comentarios del narrador (que está en una notable primera persona en tiempo presente, la cual no suele gustarme mucho, pero acá de alguna manera se me pasa más disimulada) se va dando contexto sobre los dos personajes. 

En la segunda parte, o capítulo, se introduce una analepsis que da pie a la segunda historia: la del protagonista (que) y su hijo, el protagonista y sus propios demonios. Me gusta que introduce la acción bisagra de un tirón, en una primera oración simple y concisa. A partir de ahí va intercalando, toda la trama en presente del caimán con recuerdos y pensamientos del protagonista, en un abrazo entre dos historias que en verdad son la misma. Porque la temática que trata Poissant es muy profunda. Más allá de la relación conflictiva entre un padre y un hijo, se anima a darle voz a los conflictos internos donde se mezclan deseos, tradiciones, miedos, rencores. Es una película que ya vimos muchas veces (el viaje con flashbacks, las relaciones familiares, el hijo homosexual; incluso la ambientación de algunas escenas, como la que liberan al caimán, son bien de película) y eso solo le agrega más valor a poder conmoverse al leer este cuento. En eso creo que ayuda mucho la primera persona, cómo el narrador expone sus sentimientos. Un padre que lucha contra sí mismo por comprender y perdonar a su hijo, pero no puede, no le sale; a la vez que lo extraña, pero lo extraña de niño, antes de que todo se volviera problemático. Si nos quedáramos con los hechos (un padre ex alcohólico y que agredió a su hijo por encontrarlo con un chico) probablemente nos quedaríamos con la imagen de un homofóbico hijo de puta. Pudiendo acceder a sus pensamientos, a su culpa y sus ganas de perdonar y ser perdonado, se logra (por lo menos pude yo) empatizar con un macho, apiadarme de su humanidad que no se comprende a sí misma. Me quedé pensando si en la mente cerrada de una persona terca y conservadora llegan a existir estos intentos de abrirse, estos planteos. Y para ir cerrando este párrafo de bolaceo sobre la temática, el relato y coso, destaco que aún cuando, dadas las similitudes del caso y los constantes resúmenes en flashback, todo el viaje de Cam tiene un significado importante para el protagonista, del simbolismo del caimán recién pude darme cuenta en la escena donde lo liberan.

El lenguaje del cuento en general es sencillo, aunque por momentos se da por una descripción un poco más amplia y ornamentada. Los ambientes están muy bien logrados y hay un buen uso de los diálogos, que alternan momentos de protagonismo para una u otra historia (para la más aparente, o la más profunda). El hombre lagarto es un cuento más bien largo, pero no pierde la magia circular del cuento corto. Toca temas conmovedores, genera tristeza y también por momentos alegría. El final es abierto y esperanzador. Excelente.

Le tocó el turno después a El cielo de los animales. Este también transcurre en un viaje (literal y metafóricamente) y repite (o continúa, o hermana) muchos de los tópicos del otro. Pero cambia un poco el enfoque, pasa a ser un poco más dramón. Ya de arranque cambia el narrador a uno de tercera persona, donde se introduce el nombre del protagonista, Dan, y se resume en pocas líneas la escena de la ventana y añade nueva información que da a entender que este cuento es una continuación del anterior. Se introduce el disparador de la historia: el hijo está por morir. Es una situación conmovedora, pero se presenta de forma tan cruda, tan cortita y al pie que no me generó tanto como el cuento anterior, con la narración focalizada en los pensamientos de Dan: me conmovía más el caimán enfermo (metáfora premonitoria?) que Jack enfermo. Eso le daba una visión más profunda que al principio de esta continuación no se genera. Sí se irá logrando más adelante, a medida que el relato avanza y se vuelve un paralelismo entre el viaje que está realizando y el mismo que realizó años atrás con su hijo. 

Al tirar esas líneas iniciales tan pragmáticas pensé que lo importante del cuento iba a ser la charla entre padre e hijo. Después reparé en que para eso Jack tenía que aguantar. Efectivamente esa preocupación comienza a apoderarse del relato, la desesperación de Dan por apurarse, por poder llegar a tiempo. Muerte y el tiempo, ¡pavada de temas! 

En el medio hay toda una escena del niño pescando en el río que yo pensaba se iba a poder retomar de alguna forma sobre el final, con la asociación entre Jack y los animales, el simbolismo (otra vez) de devolver el pez al agua... ¿habría un final estilo Big Fish? Luego de esa escena viene la primera gran analepsis y a partir de ahí el cuento se va turnando, con un estilo más parecido a El hombre lagarto. Pero si en el primero había un abrazo entre la historia que ocurría en tiempo presente y los recuerdos, acá hay una lucha: ilusión esperanzadora vs cruda realidad. Momentos donde una piensa que sí, que va a llegar a tiempo y se van a perdonar y sentir realizados, que "y dale, total esto es ficción..."; y momentos donde te sacude la triste, mediocre y desafortunada vida del tipo al que estás siguiendo. Al punto que si al principio me preguntaba "¿aguantará Jack?" ahora debo sumarle "¿aguantará Dan?" (y en algún momento de ilusión esperanzadora también me anoté "¿entraran los dos al mar?").

Aunque tengan extensiones similares, veo más a El hombre lagarto como un cuento y El cielo de los animales como una novela corta. La diferencia radica en que este segundo texto introduce un montón de escenas muy raras y que después se pierden (la del restorán, la del auto robado), que parecieran ser solo palos en la rueda, los momentos de cruda realidad que solo sirven para que Dan pierda tiempo.

Y llega el final. Qué sé yo, la verdad hubiera preferido alguno un poco más conciliador. Por lo menos que se ahogara Dan. Pero ni siquiera eso le dejan. 

martes, 14 de julio de 2020

Escritura de la anécdota (en proceso)


Cierta ocasión en la secundaria organizamos un concurso de anécdotas. Más bien, de anecdoterxs, porque es sabido que ninguna historia es buena si no está bien narrada, y de ahí que la gente que cuenta bien anécdotas siempre tenga, además, buenas experiencias propias para contar. Uno de mis candidatos al título de mejor anecdotero del colegio era Mati, quien, lamentablemente, era parte de la organización. Eso no le impidió participar, pero sí estar más contenido, elegir una anécdota de poco vuelo, no destacar; jugó para rellenar. Pero trajo a la persona ganadora. Habíamos previsto, más allá de la difusión abierta y general, hablarle por privado a algunxs amigxs que, considerábamos, estaban a la altura de competir, para asegurarnos que haya un mínimo de gente y que además sea gente de un nivel aceptable. Y Mati trajo a Mecha. Era también amiga mía y muy graciosa, pero un poco tímida. Yo había probado suerte convocando a otra persona de características similares pero no se animó a participar. Y en verdad, pensaba que el trofeo quedaría en manos de uno de esos cancheritos que gustan de meterse en la militancia desde temprano sin perseguir nada más que a su ego, alejándose después de un tiempito ganando contactos y algunas historias de rosca que, exagerando partes e inventando otras, iban contando con aires de superioridad. Pero cuando llegó la hora de revisar la cantidad de inscriptxs y ver quiénes eran, prejuzgando el nivel de cada unx y arriesgando un nivel general de la competencia, Mati no solo decía que Mecha estaba para ganar, sino que en su cara se veía su certeza de que la sola participación de nuestra amiga justificaba toda la competencia. Una tranquilidad que solo pude entender cuando escuché la anécdota.



    Tiempo después me enteré de que la primera vez que la contó fue en un viaje al norte del país que realizó junto a otrxs amigxs, entre ellxs Mati. No recuerdo bien qué recorrido hicieron ni por qué parte andaban. Debió suceder en un poblado chico, supongamos que en Iruya, una noche estrellada de primavera. Habían alquilado una pieza, la más modesta que la mente pueda recrear. Apenas si cabía en la definición de tener cuatro paredes. Era, en efecto, un sucucho, una habitación que debía tener dos camas marineras; uno o dos estantes de madera, de esos grandes, antiguos; un baño de canilla que queda goteando; quizás una mesa con sillas y no sé si mucho más. Encima, con partes a medio terminar. Tenía una ventana sin marco ni vidrio que daba a la construcción vecina y un acceso a una especie de terraza, también a la intemperie. 

    Habían salido a observar las estrellas (eso es lo que me dijo Mati la última vez). Mecha, Lara, Nati y él llegaron a la casa; Julián y Rama (los nombres los estoy inventando) se distrajeron unos momentos más. Ya adentro, el primer pelotón se habrá dispuesto a prepararse para dormir o simplemente se habrá puesto a charlar. Pasado un tiempo prudente, llamaron a la puerta. Mati fue a abrir, convencido de que eran los otros dos. Pero en cambio se encontró con un señor. Lo imagino con ropa de gaucho. Lo supongo también flaco y algo alto, tambaleante, de hablares incomprensibles y aliento a alcohol. Mi amigo lo habrá mirado sorprendido, quedándose frente a él, a la espera de alguna reacción de la otra persona. Quizás hasta haya llegado a preguntarle si se le ofrecía algo. El hombre amagó a entrar. Mati lo impidió empujándole la puerta en la cara. Pensemos la puerta de ese lugar: vieja, pesada, maltrecha; no debía cerrar con facilidad. Desde afuera, el hombre insistía con meterse. Las chicas debieron de ir a ayudar a Mati a forcejear hasta poder cerrar bien la puerta.
    Fue un momento muy tenso. No habrá sido más de un minuto, y sin embargo cambió la pinta de la noche. Me imagino a Mati jadeando, con los ojos bien abiertos, largando un "Qué..." pero sin saber si a continuación decir carajo, mierda, o simplemente dejarlo en ese qué. Creo recordar a las tres chicas pálidas, Lara comenzando a llorar, Mecha al borde. Repasemos: que ese hombre estaba ebrio era seguro. Probablemente se había confundido de casa. Pero, ¿y si no? ¿Y si estaba alcoholizado y violento y era peligroso y quería entrar a... vaya a saber qué? En ese caso, había un problema: la ventana a medio terminar. 
    No tengo el detalle de cómo siguió la escena. Quizás hayan hablado mucho, rápido y en voz alta, poniendo en común la necesidad de tapear de alguna forma esa ventana; quizás hayan quedado en silencio luego de decir que ya había pasado, mientras todxs pensaban, pero sin querer nombrar, en la segunda posibilidad. Al tiempo llegaron Julián y Rama, quienes habrán intuído que algo acababa de pasar. Quizás se hayan comido alguna puteada. Les habrán explicado. Julián habrá hecho algún chiste que a nadie le dio gracia. Mati y las chicas seguían alteradxs. 
    Y en algún momento, Nati habrá decidido que ya era hora de cortar con el mal trago. Habrá sacado una cerveza, o lo que tuvieran de alcohol. Se las habrán arreglado para formar una ronda en algún lugar de la pequeña habitación. Me lxs imagino alrededor de las camas, los colchones chiquitos, la madera crujiente. Y ahí Mecha se habrá dado cuenta de que esa anécdota podía servir para distender el ambiente.
    – Ya sé! La otra vez me pasó algo muy gracioso. Es bastante asqueroso, pero yo sé que les va a gustar, se van a reir. 
    « Fuimos con Azul a su casa después de haber cenado en La Mezzetta. Cuestión que llegamos y, naturalmente, necesitábamos ir al baño. Azul me dice que vaya al del pasillo mientras ella usaba el suyo. Voy y hago lo que tengo que hacer. Hasta ahí, todo tranca, aunque por más que con la familia de Azul ya hay confianza, el baño ajeno a mí siempre me pone un poco incómoda. Así que nada, estaba ahí, atenta a no tardar mucho, a no hacer mucho ruido, en ese flash. Termino, me limpio, tiro la cadena y no funciona. No funciona, momento dramático. Bueno, pensé, hay que esperar un toque a que cargue y tiro de nuevo. Lo hago y no pasa nada. Momento super dramático. Qué carajo hago. Porque a todo esto no había chance de que la familia de Azul se enterara, no iba a salir sin solucionar el asunto, sencillamente no estaba en mis planes. Busco un balde y lo más parecido que encuentro es el tacho de basura. Le saco la bolsa, que estaba vacía, y lo lleno con agua.  Vieron que llenar un balde en la pileta salpica agua para todos lados, y yo no quería más problemas, así que estaba muy cuidadosa. Porque encima ya debía de estar enterada toda la casa de que algo raro estaba pasando. Bueno, tiro el agua del balde al inodoro: el sorete no se va. La yuta madre. Pruebo de nuevo y nada, seguía ahí. 
    « Me quedé pensando qué hacer y de golpe escuché un ruido. Me pareció que era Azul, que me estaba llamando. Ya está, pensé, se dieron cuenta que estoy tardando mucho, me van a preguntar si me pasa algo. Humillación total. Por nada del mundo quería pasar por esa situación así que para anticiparlo abrí la puerta y asomando la cabeza al pasillo le pregunté qué pasaba. Al final Azul estaba hablando con el hermano, o sea, yo ya era una loca que estaba alucinando cosas. Y aún así todavía tenía que hacer algo con ese sorete.
    «Entonces hice lo único que se me ocurrió, que fue agarrarlo con la mano y ponerlo en la bolsa que estaba en el tacho. Sí, con la mano. Te juro que no se me ocurrió, es que ¡estaba en medio de una situación muy estresante! Okey entonces tengo el sorete adentro de la bolsa, me lavo las manos, le hago dos nudos bien potentes, no vaya a ser que... no? Bueno, me lavo la manos de nuevo por las dudas, y ahí lo que hice fue (yo tenía un buzo de esos con un bolsillo grande en la panza) meter la bolsa en el bolsillo y salí del baño y crucé rápido hacia el otro, el que estaba al lado del cuarto de Azul. Imaginate lo que habrá pensado ella cuando me vio saliendo de un baño y entrando al otro, "¿¡qué le pasa a esta chica!?". Y para colmo llego al baño y veo que la cadena estaba cargando. No de nuevo, decía. Bueno, pero sí, no voy dejar que me pase otra vez, pensé. Aproveché para chequear que en el bolsillo la bolsa estuviera en orden (me lavé las manos de nuevo) y me quedaba ir al toilette que está abajo.







domingo, 5 de julio de 2020

En el bosque - Diario de escritor

Iván Taube
Comisión 07 - Santiago Castellano.
Consigna: Leer el cuento "En el bosque", de Ryunosuke Akutagawa, y comentar cuál es para uds. la historia, y a qué narrador/es les creen más y por qué.
Modalidad individual.
Primera Escritura. 

Lo que se puede reconstruir de la historia es más o menos así:
- Un forastero se cruzó en un camino con una pareja y se enamoró de la mujer, proponiéndose poseerla.
- Un rato más tarde engañó a la pareja y la hizo desviarse del camino hasta un bosque.
- El hombre lo siguió a pie un trecho más profundo, hasta que, nuevamente mediante engaños, el bandido puede someterlo y atarlo a un árbol.
- El ladrón condujo a la mujer hacia donde estaba su esposo. La desarmó y luego la violó.

Hay contradicciones en los distintos testimonios sobre lo que pasó a continuación. El resultado es que el hombre termina muerto y la mujer huye del ladrón. 

Al día siguiente, un leñador encuentra el cadáver y un oficial interroga a él y a otros personajes que van aportando información, hasta saber quién es el malviviente (Tajomaru), quién la víctima (Takehiro) y quién la mujer (Masago). Luego interrogan a Tajomaru. No sabemos con exactitud en qué contexto espacial y temporal nos enteramos de las versiones de Masago y Takehiro. Quizás el oficial que estaba reconstruyendo el caso pudo enterarse de ambos relatos, quizás no.

En todo caso, los únicos datos que son contrastados en más de una declaración son que Masago y Takehiro marchaban por un camino; Tajomaru violó a Masago (que huyó del ladrón) y robó a Takehiro, que murió. 
De lo primero da cuenta el monje, y concuerda con la versión de Tajomaru. El monje, además, describe las armas con las que después el soplón encuentra a Tajomaru, confirmando que le robó. De la violación hablan los tres participantes del hecho, y la muerte aparece narrada reiteradas veces.

La reconstrucción de la historia previa a la violación sólo es relatada por Tajomaru, por lo que no podemos saber si es verídica. Suena igual de plausible que el resto de su explicación sobre los hechos, de los que sí tenemos la visión de Masago y Takehiro y ninguno concuerda entre sí. 

Un poco por el orden en que se presentan, dejando la declaración del espíritu de Takehiro para el final; un poco por la creencia de la "pureza" de los espíritus (ya está muerto, para qué va a mentir); es que al terminar de leer el cuento uno se queda con la idea de que su versión es la más acercada a la realidad. 
En realidad, no le creo a ninguno de los tres. Me parece que lo se visibiliza en sus relatos es la importancia del honor y otros valores de su cultura. Al parecer ser violada y consecuentemente haber estado con dos hombres era (o es) una deshonra cuya culpa caía en la víctima. Aunque también tenía un fuerte peso humillante y deshonroso en el esposo. De ahí que cada uno se haya atribuído el crimen: Masago mató a Takehiro porque él ya no quería vivir, e intentó ella suicidarse pero no pudo; Takehiro se quitó la vida porque su mujer había sido ultrajada y lo había abandonado. En el caso de Tajomaru, él quería evitar la muerte pero lo hace solo por el pedido de Masago.

Creo que lo más improbable es esto último. Dudo que Masago y Takehiro quieran "proteger" a Tajomaru ocultando que él fue el asesino; tampoco creo que fuera más deshonroso para la pareja si él lo era.
En cambio, si Masago fue la que mató, Tajomaru lo ocultó porque la amaba y no quería que pesara tal acusación sobre ella. Takehiro bien podría pretender lo mismo, o bien el suicidio se le hacía menos deshonroso que su mujer abandonándolo y matándolo. 
Si Takehiro se suicidó, Tajomaru y Masago pueden haberse apiadado de él y ocultar la deshonra que significa el suicidio. 

domingo, 28 de junio de 2020

La muerte del detective Bermúdez - cuento con objetos

El detective Bermúdez murió, su blanco cuerpo manchado con rayones azules que lo dejaron sin vida yacía tirado en el escritorio, iluminado por la luz tenue y cálida del velador. Me quedé mirándolo fijamente, masticando bronca en la penumbra. Los pasos de la perra en la cocina y una moto pasando por la calle, únicos participantes sonoros de mi luto.
La primera reacción ante su triste final todavía había sido en medio del fuerte ataque de ira. Pero a medida que pasó el rato y me iba calmando comencé a sentir pena. Después de todo, y a pesar de todo, a Gerardo lo conocía desde sus comienzos, cuando la idea de un detective de guante blanco resolviendo crímenes en el Conurbano parecía un hallazgo poderoso y aún inexplorado. Sonreí con tristeza recordando su primer caso. Fue como si estuviera ahí, con él, a bordo de un 93 camino a Munro, dejándonos llevar distraídamente hasta la terminal donde sabíamos que funcionaba un punto de venta de cocaína. Su intención no era desmantelarla ni mucho menos. Tampoco, en todo caso, le interesaba abatir ladrones; para eso hubiera necesitado fuerza, y eso era asunto de la policía. Que para colmo, como ya sabemos, en Buenos Aires es más corrupta que los ladrones mismos.
–Yo no pretendo ir linchando chorros como un justiciero a mano propia, Gandolfi – supo comentarle a quien a partir de ese momento sería su ayudante–. El Conurbano está lleno de esos. Yo resuelvo misterios.
Los observaba atentos como un padre orgulloso. A Gandolfi lo había conocido un tiempo antes, y, si bien su personalidad, vamos a decirlo, no era tan atractiva como la de Gerardo, todo cuanto supe del detective fue gracias a él. Por eso le tenía tanto o más cariño. Además, aunque no fuera tan carismático, una vez que empezaba a hablar desplegaba todo un universo de su interior.
Lo que buscaban en ese lugar era información. Eugenio Casado, el dueño de Transportes 1 de Septiembre S.A., a cargo de los colectivos 15, 37, 45 y 93, había aparecido muerto en su oficina días atrás. Su cuerpo tirado en el suelo, sangre en su nariz y boca y una bolsa en la mesa. A nivel local fue todo un suceso. Nadie dudó en caratularlo de sobredosis. Nadie, claro, excepto Gerardo. Según contaba Gandolfi, en el momento en que se enteró Bermúdez ya habló de asesinato.
–Se trata de un empresario importante –dijo–, seguro hay personas interesadas en quedarse con sus posesiones. Además, un hombre de su monta no se deja matar tan fácil. Consume mejor droga.
Se sabía que Casado manejaba gran parte de las sustancias que se vendían en el barrio. Y no eran de buena calidad. Un punto a favor de la sospecha de Bermúdez, siguiendo la lógica de no mezclar negocios con placer.
De alguna forma que nunca me terminó de quedar muy clara accedieron a la escena del crimen. Gandolfi era amigo del jefe de la seccional, o algo así. Algún día iba a esclarecer esa historia. Allí Bermúdez comprobó lo que sospechaba: había polvo de vidrio dentro de la bolsa con cocaína. Gandolfi sabía narrar esta escena con una gran precisión. Describía con lujo de detalles la habitación, la ubicación de los objetos, del cuerpo... lo que no podía explicar muy bien era cómo el detective había podido concluir, más allá de sus correctas intuiciones, que la bolsa tenía polvo de vidrio. Otra de las asignaturas pendientes.

Pero ahora Gandolfi estaba igual de muerto que Bermúdez. El arma que había propiciado la masacre seguía ahí, al lado del cadáver, con su punta desenvainada. El azul que los cubría ya ni siquiera dejaba distinguir dónde terminaba uno y dónde comenzaba el otro. Eran, más que nunca, parte junto a todo lo demás de una misma cosa arrugada. Claro, uno a veces no se da cuenta la cantidad de cosas que se pueden perder a la vez.
Me tragué las dudas sobre la escena del crimen: los acontecimientos seguían a galope. Lo importante era que alguien había envenenado la cocaína del difunto. O, lo que a Bermúdez le resultaba más plausible, alguien había intercambiado la bolsa de Casado por otra contaminada. Era cuestión de descubrir quién. Bermúdez aún no estaba seguro, pero de algo confiaba: fuera quien fuera la persona que introdujo otra bolsa, se la tenía que haber comprado a La Banda del Enano en la terminal del 93.
Es verdad, lo que contaba Gandolfi que pasó a continuación es difícil de creer. O sea, que ir a preguntarle a los transas del barrio por sus clientes no iba a salir bien, caía de maduro. Pero que ellos dos, inexpertos en la pelea, hayan reducido a un grupo de siete monos armados que los quisieron correr... sí, tenía razón mi mujer, no tenía pies ni cabeza. Para ese momento la euforia y el interés de Gandolfi en su nuevo compañero y en el caso que seguía habían aumentado tanto como en mí. Pero ella no tenía tanto entusiasmo cuando le conté todo en la cena aquella noche. No podía creerse esa historia, decía.
–Incluso para ser ficción esa pelea es demasiado surreal. Además eso de que se va de ahí con un posible sospechoso porque viendo la marca del calzado en el barro deduce que era un tipo gordo es literalmente lo mismo que pasa en Estudio en Escarlata.
A ella le gustan mucho los policiales, pero con detectives europeos. No podía tolerar que ahora hubiera uno en el Conurbano.
De a poco empezaba a contagiarme su desencanto. Los sucesos que iba contando Gandolfi eran cada vez más intrincados. Un buen día Bermúdez le anunció que había encontrado al asesino. Al parecer no había tantos hombres gordos en Munro que pudieran haber sido los culpables. Dio la causalidad que resultó ser un tal García, el primero al que Bermúdez se dedicó a investigar. Se escabulló en su casa de noche, fácil como solo él podía. Encontró unos papeles apoyados sobre la mesa en la oficina que reunían buena evidencia. Pero le interesó incluso más el espejo roto.
Lo del espejo roto me parecía brillante pero sentía que perdía valor introduciéndolo recién ahí. Podría haber aparecido antes en el relato y servir como un indicio oculto. A partir de ese momento mis problemas con el detective Bermúdez se empezaron a evidenciar cada vez más. Lo que en un principio me parecía una trama brillante, clásica pero revitalizada por el cambio de entorno, ahora se me hacía un bodrio cliché insertado a la fuerza en un mundo que no le pertenecía.
Con esos cuestionamientos en mi cabeza presencié cómo al día siguiente Gandolfi iba junto a Bermúdez, policías y un fiscal a la casa de García. Pero cuando entraron no lo encontraron. Había escapado. En su oficina seguía estando el espejo roto, pero en la mesa los papeles brillaban por su ausencia. En cambio, había una hoja grande con unos signos extrañísimos, parecían...
–Jeroglíficos. –Bermúdez contestó la mente de todos los presentes. Agarró la hoja.– Rápido, hay que ir al Instituto de Antropología.
Los policías se miraron haciendo un gesto de extrañeza.
–¿Intuye algo? –Preguntó uno.
–Sí. Y no tenemos mucho tiempo. –Volteó hacia la puerta y comenzó a alejarse de la oficina. Ya bajando las escaleras, gritó de espaldas–: ¿Saben cómo llegar?
Los allí presentes vacilaron.
–Será mejor que lo sigamos –propuso Gandolfi.
Les hicieron caso, sin terminar de comprender por qué. Eran unos veinte minutos de viaje. Iban dos patrulleros, el fiscal en uno de ellos. A Bermúdez lo llevaba Gandolfi en su auto particular.
–Los policías y el fiscal no parecían muy convencidos de venir –comentó Gandolfi–. Escuchame, ¿qué fue lo que pasó?
–Todavía no lo podemos saber. Pero tengo una idea, y creo que tiene bastante sentido. Ya vas a ver –contestó Bermúdez.
Pronto estuvieron frente al edificio en el barrio de Belgrano. Era una zona residencial, de calles arboladas, casas grandes y edificios con patio en la entrada. Algunos vecinos que pasaban caminando observaban la comitiva con perplejidad. No era común ver a la Bonaerense dentro de Capital. Entraron. En la recepción aguardaba una señora grande de rostro amable y anteojos.
–¿En qué puedo ayudarlos? –Preguntó.
Todos miraron a Bermúdez. Él se abrió paso y, con la hoja en la mano y expresión certera, le contestó:


Y llegué hasta ahí. No supe qué más escribir. No tenía la más mínima idea de qué significaba el jeroglífico, qué iba a pasar a continuación ni cómo se resolvía. Ni siquiera estaba seguro de si en algún momento lo había sabido. Me fui por las ramas, pensé. Taché las últimas líneas, a partir de donde aparecen los jeroglíficos. Lo había puesto buscando algún giro en la trama, algo sorpresivo y que no haga la historia tan sencilla. Pero fue demasiado. Había perdido la esencia: el detective inteligente pero de recursos humildes, el caso enigmático pero cotidiano. Tenía que volver a lo de antes, situaciones que tuvieran sentido dentro del universo del Conurbano. ¿Lo de antes? Releí todo lo que tenía. Ya no me gustaba. Los conflictos no estaban magistralmente resueltos como en Sherlock Holmes. La lógica en los planteos de Bermúdez no era del vuelo intelectual de Dupin. Las incongruencias en la historia no eran fáciles de corregir. Escribir un policial es muy difícil.

Negrita vino a hacerme compañía. El sonido de su respiración al lado mío me despabiló. La acaricié y sacudí todo mi cuerpo, saliendo del trance. Volteé la cabeza hacia el reloj de péndulo: la una y cuarto.
Habían pasado, no sé, diez, quince, veinte minutos desde que taché la parte del jeroglífico y releí todo el cuento y me pareció una mierda; y se me vino a la mente mi viejo en mi adolescencia diciendo que no me dedicara a la escritura; y me pregunté quién carajo me había mandado a perder tres meses con la pedorrada de un detective del Conurbano; y con la lapicera que seguía en mi mano y furia en el pecho taché, taché todo, y el papel se fue llenando de líneas y manchas azules y las letras negras se fueron perdiendo y Gandolfi dejó de narrar; y mientras soltaba la lapicera y con las dos manos agarraba las hojas y las arrugaba y rompía y hacía un bollo, el detective Bermúdez, Munro, Conan Doyle y todo y todos se iban a la concha de su madre.

Sin dejar de acariciar a la perra, respiré profundo y me fui incorporando. Tapé la lapicera. Terminé de despedir a Bermúdez. Agarré el bollo y se lo lancé a Negrita, que se puso a jugar con él. Fui a la cocina a hacerme un té.

domingo, 21 de junio de 2020

Bartheseando a Cortázar

Los amigos - reescritura

         En ese juego todo tenía que andar rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento, escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras. En ese entonces Romero era un tal Romero, y él un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera por caminos tan distintos. Hace años no se veían y aunque Beltrán sabía que Romero era un tipo inteligente le costaba no subestimarlo.  Sonrió casi sin ganas, pensando en la cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había que pensar despacio en la cuestión del café y del auto. Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá, si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno ya estaba un poco viejo. De todos modos la torpeza de la orden le daba una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo, un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque era un lince), y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina. Si los dos hacían las cosas como era debido —y Beltrán estaba tan seguro de Romero como de él mismo— todo quedaría despachado en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde, lo llamara desde algún teléfono público para informarle de lo sucedido.
Vistiéndose despacio, acabó el atado de cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el Ford como una seda. El otro día, incluso, Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café, después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía la boca seca y le daba rabia.
         A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció enseguida por el chambergo gris y el saco cruzado. Caminaba con la mano izquierda en el bolsillo y la cabeza en alto, atento a lo que tenía alrededor. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Sin embargo Romero se quedó allí donde estaba, buscando algo con la mirada. Antes de que Beltrán se impacientara, Romero encontró el auto con la vista. Exactamente en ese momento, puso el coche en marcha y sacó el brazo por la ventanilla. Pero el rostro de Romero no fue de sorpresa. En cambio, entró a reír. El coche explotó. Su ruido se confundió con el de cualquier petardo de una movilización en el centro porteño.
Romero siguió caminando hacia el bar, pensando que la última visión de Beltrán había sido la de un tal Romero, un amigo del hipódromo en otros tiempos. Se sentó en la mesa donde lo esperaban.
–Listo, Número Uno –le dijo–. Beltrán ya está liquidado.
–Lo felicito, Romero. O como ahora debo llamarlo: Número Tres. 
–Por favor no se olvide de avisarle a los gallegos que todo salió bien.
–Lo haré, Romero, lo haré –miró la hora–. ¿Un cortado?


Las dos primeras catálisis las incorporé para agregar elementos que anticiparan el nuevo final. La primera, en medio de los pensamientos de Beltrán sobre su relación con Romero y su próximo encuentro, insiste en la confianza ciega que tenía Beltrán a pesar de que Romero no era ningún tonto. La segunda, una acotación de cómo Romero llega al momento del encuentro, pasa desapercibida como una simple descripción visual, pero contiene dos elementos que resultan importantes para entender lo que sucedió a continuación: la cabeza alta porque está expectante a algo que va a pasar, y la mano en el bolsillo, porque allí va a accionar la detonación.
El diálogo lo introduje dentro del núcleo reemplazado para darle entidad a elementos que terminaran de esclarecer la resolución y la historia oculta. Lo hice casi sin aclaraciones del narrador para que adopte un clima más misterioso, confidencial. Decidí que la última frase sea “¿Un cortado?” para cortar con ese ambiente, introduciendo algo más cotidiano y que además está por fuera de lo que se venía hablando, dando a entender que lo anterior (y por ende, el cuento) ya se cerró.

viernes, 19 de junio de 2020

Narradora habilidoza


La historia no es más que una anécdota sencilla, un pequeño drama pero que por lo ridículo, absurdo o, sencillamente, escatológico de la situación se vuelve muy cómico. En definitiva, una tragicomedia, que además tiene algo de aprendizaje. Porque, como bien dice Rochi al comenzar su relato, el objetivo al contarlo es combatir "el tabú de la caca". Una vez que hace esa aclaración al empezar, que sirve como anticipo de la temática/conflicto de la historia, narra prácticamente sin ninguna distorsión temporal de la historia, cuya línea temporal se puede organizar bajo los siguientes núcleos (entre ellos, anotaciones de cómo se muestran en el relato):
- Rochi y Mora comieron en la mezzetta
- Fueron a la casa de Mora
Hasta aquí cuenta en forma de resumen, sin detalles (había ido a cenar (...). Y llegamos a la casa (...).).
- Cada una fue a un baño
Introduce una conversación primero, y una descripción de la ubicación del baño en la casa después.
- Mora hizo sus necesidades y salió del baño. Se puso a hablar con su hermano. Rochi hizo sus necesidades pero no anduvo la cadena.
A partir de acá introduce el presente histórico para narrar gran parte de las acciones. Añade comentarios, usando discurso directo, de lo que iba pensando en el momento. También algunas pausas, con comentarios generales (por ejemplo, sobre cómo llenar un balde de agua sin mojar todo) o reflexiones posteriores de la situación, desde el momento de enunciación. 
- Guardó el sorete en una bolsa y fue al otro baño
- En el otro baño no logró su cometido
- Bajó y en el toilette de la planta baja se deshizo del sorete.
- Rochi pensó cómo deshacerse de la bolsa.
- Salió del baño y se cruzó con la mamá de Mora, que le dio frazadas para subir.
- Fue hasta la cocina y tiró la bolsa.
- Subió y se encontró con Mora, que le preguntó si estaba bien. Rochi le dijo que sí.
Cierra la anécdota con contando que tiempo después se la contó a la familia de Mora y a sus amigas. Termina de reflexionar sobre sus accionares y, redondeando la idea de enseñanza del principio, dice que esta experiencia la hizo mejor persona.

Algunos apuntes más sobre la narradora y la situación de narración. Estábamos en una emisión especial del programa del centro de estudiantes de nuestra secundaria. Era el evento de fin de año de la radio donde se transmite, y se grababa toda la tardenoche desde un bar. Todo esto influye, primero que nada, en que haya mucho ruido de fondo (música, conversaciones) y el sonido no sea genial. Pero lo aclaro porque me parece que la situación (estar saliendo al aire, hablando frente a un público más grande que una ronda de amigues) hizo que Rochi hablara más rápido, con una voz algo más fuerte y tensa de lo que quizás hubiera hecho en un lugar más tranquilo. (Además había cerveza, no sé si había tomado una para ese momento pero eso también te apura la lengua. Al principio se me escucha a mí haciendo un comentario y espero que haya sido eso porque mamita, no se me entendía nada de lo rápido y poco modulado que hablé, qué espanto.) Ahora sí, más allá de eso tiene una forma de contar que es muy graciosa. Ya de por sí la velocidad y esa cierta tensión, inseguridad, causa gracia porque vuelve trágico y altera una historia, como dije al principio, muy pequeña y cotidiana. Y en verdad la historia en sí tiene un poco de eso, porque las acciones se van desenvolviendo a medida que la visión y las desiciones de Rochi son un poco fatalistas. Entonces acompañar el relato desde esa misma perspectiva te ayuda a entrar en el clima de la historia.
Por lo demás, usa registro informal y muy propio del círculo que compone nuestro entorno (poneele que 18±3 años, clase media-alta progre de AMBA), en particular repite mucho la palabra "situación". Tiene muletillas como "Bueno, (...)". E importantísimo: ríe y eso le aporta mucha gracia a la narración.


martes, 9 de junio de 2020

¿Jorge? - Cuento breve propio


Sergio fue a una reunión de reencuentro con sus compañeros de la secundaria. No se veían hacía mucho tiempo. Compartieron un bello momento, charlaron mucho, recordaron grandes anécdotas, rieron. Le alegró especialmente saludar a Camila, a Miriam. Ellas habían sido parte de su grupo de mejores amigxs.
–Pero, al que no veo es a Jorge –les dijo, extrañado–. ¿Acaso no vino?
–¿Jorge? –dudó Camila.
–No sé de quién hablás – afirmó Miriam.
Sergio sonrío, pensó que le estaban haciendo una broma. Jorge era el cuarto amigo del grupo. Pero ellas no cedían a relajar el gesto. Se incomodó un poco, llegó a pensar que lo estaban diciendo en serio. ¿Se habría confundido el nombre? Estaba convencido de que no, pero le dio vergüenza preguntar, así que decidió cambiar de tema. 
Luego, a medida que se iba cruzando con otras personas, les fue preguntando, al pasar, por Jorge, aquel chico menudo, de ojos marrones, que usaba reloj, tan compinche suyo. Nadie lo había visto, nadie lo recordaba. No solo lo asustaba el descubrir que su camarada en la juventud era desconocido por todo un grupo de gente que había convivido con ellos cuarenta años atrás. También le parecían muy raras las reacciones de sus ex compañerxs al consultarles. Algunxs se ponían muy serixs, y le juraban en voz baja, apretando los dientes, que no existía tal persona. Un par abría grande los ojos, soltaba una risa nerviosa, y mirando hacia los costados decía casi a los gritos que no sabía de quién estaba hablando. Otrxs simplemente contestaban un “No...” rápido y se iban para otro lado. 
Sergio se fue temprano de la reunión. La estaba pasando pésimo. Sus compañerxs habían empezado a mirarlo mal, murmuraban en torno a él. ¿Habría enloquecido? 
Ni bien llegó a su casa fue a su oficina, se paró sobre un banquito y bajó del estante alto una caja. La abrió en su escritorio y revolvió entre viejos apuntes y recuerdos. Allí estaba, en blanco y negro, algo maltratada por los años, la foto que él sabía que tenía, jueza entre su cordura y la de lxs demás. Se la habían sacado dentro del colegio, no recordaba cuándo. Pero lo que vio lo dejó perplejo. Hubiera preferido encontrar sólo tres personas. Había cuatro, pero algo estaba mal con la persona de la derecha. Sus prendas brillaban en torno a un cuerpo casi invisible, como si se desintegrara poco a poco o como si algo o alguien se hubiera encargado de desvanecerlo de la imagen. 

domingo, 31 de mayo de 2020

Escena del arafue - Diario de escritor

(Más en Querido diario)

Transportes.


Caminando por Alvarez Thomas me pareció ver a una persona (me pareció mujer, pero no sé de qué edad) dando vueltas en bicicleta por su terraza. Una linda terraza, fue la primera vez que la noté, aún cuando está muy expuesta a la calle. No sé si esa escena estaba sucediendo realmente o si fue una ocurrencia mía, pero era tristísima. Me daba una sensación (poniéndome en el lugar de la persona que da vueltas en bicicleta por su terraza, donde apenas si puede dar un par de pedaleos) de soledad y resignación. ¡Ah, la angustia de estos tiempos de mierda que estamos viviendo! Tenía unas ganas de poder tomarme ese 44 (unos metros más adelante sería un 65) que venía hacia mí e irme al Monumental, este año quería empezar a ir a la cancha más seguido. 


Seguí caminando y pasó un 140, viejo soldado de tantas batallas, aquel que tomaba con frecuencia el año pasado para ir al cbc, con el que podría irme hasta Villa Urquiza, a cuadras de la General Paz, donde vive un amigo. Mientras, casi a la vez, en la mano de enfrente pasaba el de sentido contrario, el que llega hasta Correo Central, ese que debería estar tomando los jueves a eso de las 20, para bajarme en Cabrera y Medrano, enfrente del Café Cortázar, y caminar media cuadra hasta la radio. 


Pasó un 93, de esos bondis a los que uno le toma cariño por lo irremediablemente necesarios que son, por más que no sea una maravilla, y una cuadra después ya era Teodoro García, por donde doblaba el 168 hacia la avenida. Tardé en querer al 168, antes lo ninguneaba bastante. Sobre todo cuando debía volverme desde la zona de Cabildo y Juramento a mi casa, porque era, de las opciones viables, el que más lejos me dejaba. Pero con el tiempo lo empecé a encontrar más útil para otros recorridos. Me ha salvado a la vuelta de noches de juerga o radio esperando en la Córdoba palermitana. Este año debería haberme llevado muchas veces hasta Cabildo y Ramallo para laburar. 


Y llegué hasta Federico Lacroze, y extrañé tomarme un 42 hacia Villa Crespo una vez por semana para jugar al fútbol con mis amigos; y lamenté no ver ningún 184 dando sus primeros (o últimos pasos), como para incluir en este repaso a él, que acompaña al 168 en su excursión hasta Vicente López, y que muchas veces tomé, cuando me falló el tren, para ir a lo de mi psicoanalista en el bellísimo barrio de Florida; y me pareció ver que a lo lejos asomaba el 42 que los fines de semana, y contrario a lo que esperaba, nunca me dejó de garpe, yendo hasta el Monumental pero para ver fútbol femenino, que no implica cortar los accesos, por lo que me puedo bajar en la entrada del club. 


Doblé en Olleros pensando que en este recorrido no había aparecido el 151, el más querido, de recorrido clave, similar al 140 para un lado, pero con una frecuencia mucho más atenta; al 168 y 184 para el otro. Pasó un 90, y mientras pensaba si ameritaba que entrara en esta lista de viajes cotidianos me distrajo un auto que con su ventana abierta dejó la estela de Salando las Heridas. Continué la canción, cantando por debajo del barbijo mientras caminaba.


miércoles, 27 de mayo de 2020

Pequeños sueños


Martes. Hoy soñé en una fiesta de cumpleaños, mía. Un lugar amplio, creo que en un principio el jardín de mi quinta, aunque luego se convertía en otro lugar, uno cerrado, con varios pisos, de pasillos anchos con escaleras que rodeaban las plantas. Había mucha comida, dulce, salada, yo morfaba bastante. La comida era ofrecida a lxs invitadxs pero había otras cosas que no, a mí eso me molestaba. Creo que comía tanto y con tanta mezcla dulce - salado que empezaba a sentirme un poco mal. Había, también, muchísimos invitadxs, gente que yo ni conocía. 

Algo que me viene sucediendo en estos tiempos cuarentenosos es que muchas veces las condiciones actuales de reclusión se insertan de a pedacitos y de golpe en medio de mis sueños. Es decir, imagino primero un verosímil de “la vida normal” y después en el medio del sueño “me acuerdo” de que hoy eso está “mal”. En el caso de este sueño lo primero que me trajo un poco a lo actual es que me hicieran notar que tenía el pelo y la barba descuidadas. Eso me molestó.

Luego en el sueño salí del lugar donde estábamos, que desde afuera parecía la entrada a un gran boliche. Estaba ubicado en una autopista, y a los pocos metros cruzaba en un puente una especie de Gral Paz que dividía Ciudad con Provincia, y allí había autos de la policía para hacer controles (porque claro, estamos en cuarentena, necesitás un permiso para circular entre distintas jurisdicciones). Yo me subía a un auto invitado a dar una vuelta por un amigo de la primaria, aunque sabiendo que si íbamos para el lado de provincia - en realidad, creo que solo podíamos salir para ese lado, porque el boliche estaba en esa mano - muy probablemente fuéramos pollo. Ojo, no estábamos rompiendo la cuarentena por hacer una fiesta, con eso no había problema, pero estar en auto pasando de un lugar a otro por venir de una fiesta no estaba permitido. Cuestión que dimos una vuelta, cruzando esa Gral Paz, y yo estaba con el culo en las patas las dos veces que safamos de pedo de que nos pararan a pedir el permiso que no teníamos. Cuando estábamos volviendo ya amanecía. Unxs amigxs me prometieron un porro dentro de un rato, yo accedí. Se fueron a bajonear a un puestito a un par de cuadras (pensándolo bien, el paisaje es más propio de la Av. Costanera, si llegara a cruzar con la Gral Paz), yo lxs acompañé. Era un lugar que solo vendía en promos muy grandes, con muchas dudas compré algo así como cuatro panchos con cuatro pintas, me acuerdo que discutíamos las variedades de cerveza que podíamos llevar. Pero apenas hice la compra me arrepentí porque era mucho más de lo que quería y podía comer y tomar. Eventualmente fui perdiendo rastro del sueño, a medida que me despertaba.

martes, 19 de mayo de 2020

Jesús y la media pinta

Cuando nos pidieron que pensemos cinco objetos significativos que tengamos en nuestro cuarto de inmediato se me vinieron a la cabeza dos que, si bien individualmente tienen una significancia indudable (aunque no por eso insuperable), cobran peso al estar juntos porque cumplen con lo que intuía iba a ser una segunda condición para los objetos: contar una historia. Y estos dos objetos en mi cuarto - uno solo ahora, del otro queda el recuerdo - fueron parte de una pequeña anécdota cotidiana.


Era julio de 2018 y sobre mi mesa de luz (que en realidad son dos cajones angostos y huecos de madera apilados, con un tomacorriente a la altura de la mitad del segundo cajón, donde enchufo el velador y el cargador de celular) solo había dos cosas (a centímetros de esta pseudo mesa de luz está mi escritorio, que uso de forma más extensiva para lo mismo; de hecho, el velador está en el borde del escritorio): un muñeco de Jesús de esos que tienen la cabeza de resorte, guiñando un ojo, haciendo pulgar para arriba con una mano y señalando al frente con la otra; y un vaso de media pinta.














El Jesús lo había comprado en... no recuerdo si Roma o Venecia, en un viaje de intercambio del que ya hablé en mi autobiografía. Obviamente fue un viaje muy importante y eso ya carga de significancia al objeto. Pero sobre todo lo valoro desde un plano semiótico y semántico: se me hace muy memero y muy temerario también. No es cualquier cosa banalizar al cristianismo y menos en Italia. Lo puse en mi mesa de luz apuntando con el dedo hacia mi cama. 


A su lado estaba un vaso de media pinta de un bar que frecuentábamos mucho y al que le tenía un gran aprecio. Cuando volvimos del viaje de intercambio, junto con esa gente y otrxs amigxs que devinieron comunes íbamos todas las semanas. Tenía muchas cosas valorables. Estaba en una buena ubicación, Palermo, pero unas cuadras alejado de Plaza Serrano, con lo cual cumplía una segunda condición: salvo sábados, no abarrotaba de gente. De hecho, nos enamoró las primeras veces que fuimos justamente por estar vacío, con una terraza grande y linda a disposición en la ya histórica esquina de Costa Rica y Godoy Cruz. La cerveza era mala pero barata, tenía un balde de pochoclos para servirse a piacere y, por supuesto, nos dejaban consumir a pesar de que no todxs - por no decir ningunx, en un comienzo - éramos mayores de edad. La cerveza era barata pero un día que estábamos por la zona nos asomamos y vimos que estaba especialmente barata. Intuimos que eso no podía ser bueno. Unas semanas después nos enteramos lo peor: eran los últimos días. En junio cerraban. Las últimas convocatorias fueron masivas. Íbamos dos o tres veces por semana, difundíamos por todos nuestros círculos, en las redes, incluso en el programa de radio del centro de estudiantes. Llegó a ser frecuentado esas veces finales por gente de nuestro colegio pero con quienes no teníamos relación... en fin, una locura. Cuestión que el último día pedí que me regalaran un vaso con el logo del lugar: la media pinta que fue a parar a mi mesa de luz. Quienes conocen de vasos cerveceros saben lo lindos que son aquellos con un diseño propio estampado, y aún más, saben que los vasos de media pinta son mucho más lindos que los de una pinta (es lo mismo pero en una escala más chica, tienen la belleza de un bonsai). No quería ponerlo a circular como vaso de uso en la cocina porque se iba a terminar rompiendo, además de que iba a perder su esencia: ser un recuerdo, no un vaso.


Pasó poco más de un mes y una noche estaba armando mi cama, para lo cual la corrí un poco de la pared. Cuando terminé, en un movimiento volví mi cama hacia su lugar con fuerza. Ví cómo se movía el cajón de abajo de mi mesa de luz, luego todo se oscureció de golpe mientras escuchaba el ruido de vidrios rotos. Todo eso sucedió en un segundo, luego del cual analicé la situación. La cama había empujado el cajón de abajo, que desplazó junto a él al de arriba. Pero el de arriba se trabó con la fuente de mi cargador, y en esa oposición de fuerzas terminó cayendo. Arrastró al velador, de interruptor muy sensible, que se apagó en el acto. La media pinta estaba rota. 


Me quedé en un breve luto a oscuras. Luego fui asimilando lo que acababa de pasar y eventualmente me dispuse a ordenar todo. Me apenaba mucho el triste final de esa media pinta. Quizás no tanto por la forma: después de todo, los vasos de vidrio están hechos para romperse. Pero más por lo efímero, había pasado muy poco tiempo, todavía era un objeto muy presente; hoy no sería más que otras cosas en mi estante. Pensaba que quizás había sido pronto para dejar atrás ese recuerdo. Pero me convencí de lo contrario cuando prendí la luz. Pronto todo cobró un aspecto tragicómico. Hay cosas que parecen estar ideadas por el destino de una forma casi burlona, y esa vez fue una de estas. Me había olvidado del Jesús. Estaba en el piso, casi intacto. Sólo se le había roto un pedacito. Reí. Era menos de un centímetro lo que yacía desprendido cerca en el piso: el dedo que señala.

(A los pocos meses el bar abrió de nuevo. Pero nunca volvimos a ir. Después cerró definitivamente y ahora hay otro bar. El Jesús lo sigo teniendo. Nunca le pegué el dedo. Hace poco también se le despegó el resorte con la cabeza.)

Registro de la rutina - diario de escritor


Viernes. Me levanté bastante después de haberme despertado, estuve como media hora usando el celular en la cama. Ergo, me levanté ya bien despierto. Mi religioso pasaje por el baño para arrancar el día fue entonces algo breve. Fui ya vestido, y sin detenerme a pasar por el inodoro regulé rápidamente la temperatura del agua para que saliera tibia, junté las manos haciendo de su unión una superficie cóncava y allí junté agua que me eché delicamente en la cara, una o dos veces. Me saqué los protectores bucales de descanso, cerré el agua caliente, y mojé mi cepillo cuando de la canilla corría ya solo agua fría, que luego cerré. Me distraje, quizás, con algunos mensajes en el celular entre esto y empezar a lavarme los dientes, mientras ponía el dentrífico. Me lavé los dientes con cierto cuidado porque me salió un afta en el labio inferior, a la altura del canino inferior derecho. Enjuagué el cepillo, me hice un buche y guardé mi cepillo en el vaso donde acostumbra estar. Me puse manteca de cacao en los labios y por último un poco de una pomada para el afta, antes de salir del baño.



Sábado. Me levanté para ver fútbol alemán (es lo que hay). Prendí la tele y fui al baño sin cambiarme. Cagué mientras revisaba notificaciones en twitter y pispeaba el timeline. Me limpié, tiré la cadena, y prendí el agua caliente de la canilla. Empecé a lavarme las manos mientras se calentaba el agua, que después regulé con fría para que quedara tibia, y me lavé la cara con dos pasadas de agua. Luego, otro tanto pero exclusivamente en la zona de los ojos, para quitar legañas. A continuación me saqué los protectores bucales, que enjuagué y puse en su contenedor. Apagué el agua caliente, mojé el cepillo de dientes, cerré la canilla. Mientras me lavaba los dientes me asomé a mi cuarto para ver cómo iba el partido. Volví al baño, abrí el agua fría, enjuagué el cepillo, me hice un buche.

Domingo. Fui al baño ya vestido y con el celu en la mano viendo un streaming de la liga de Bielorrusia. Me lavé las manos con agua que iba deviniendo caliente, apenás me mojé la cara. Cerré la canilla, colgué un momento con el celu, abrí el agua fría para mojar el cepillo y la cerré. La noche anterior me quedé dormido sin ponerme los protectores así que no tuve que sacármelos. Me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche, guardé el cepillo, siempre con el streaming al lado. También antes de acostarme había olvidado pasarme hilo dental, así que lo hice ahora. 


Lunes. Me levanté y fui al baño con algo de abrigo arriba del pijama. Abrí el agua caliente y mientras tomaba temperatura hice pis. Luego regulé el agua y me lavé las manos y la cara con displicencia, mientras pensaba en cualquier cosa. Me quedé sólo con el agua fría, pero todavía tenía que sacarme y enjuagar los protectores bucales, y aún no quería entregar mis manos al frío. Entonces mojé mi cepillo primero, después volví a prender el agua caliente y ya más a gusto con la temperatura los enjuagué. Luego cerré el agua, me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche y me fui del baño.

Martes. Hoy estuve más distraído. Fui al baño un rato después de estar levantado en mi cuarto. Creo que ya vestido. Cuando volví de pensar en cualquier cosa y recordé que estaba haciendo este registro, me estaba sonando los dedos de la mano izquierda bajo el agua tibia de la canilla. Seguí un rato con la otra mano, me las lavé con jabón, me mojé la cara. Después estuve a punto de cerrar el agua caliente, pero me detuve para sacarme y enjuagar los protectores. Después sí, esperé a que el agua se enfriara y mojé el cepillo, le puse pasta y me lavé los dientes y las encías (esto sucedió todos los días, pero no lo aclaré anteriormente). Supongo que enjuagué el cepillo antes de hacerme un buche, como suele suceder. Luego fui al inodoro e hice pis.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Frase - Diario de escritor

13/5 "Lo más parecido al contacto [en el contexto actual] es una canción"
Lo dijo al pasar Pedro Rosemblat en su programa de radio (Patrulla Perdida)

6/6


23/6
"(Al igual que la función,) la vida solo sabe renacer si muere en cada despedida"
Murga Un Título Viejo 
https://www.youtube.com/watch?v=CqVdmDeMJe8

27/6
"El polvo va y viene, vos aprovechá el tiempo que no vuelve nunca más" – Lo dijo mi papá y pidió que lo anote (?

Sobre Borges y el cuento policial

Porque un poco todxs somos Sherlock Holmes

Borges afirma que el lector de cuentos policiales existe en todo el mundo y posee una actitud que aplica en la lectura de cualquier género. Se trata de una posición deductiva, alerta, que busca anticipar a medida que aparecen los elementos que en un primer momento pasan desapercibidos pero que terminarán siendo decisivos en la resolución (las teorías de Piglia sobre las dos historias y sobre los finales tienen mucho que ver con esto). En realidad, creo que todo el mundo es hoy en día este tipo de lector, ya que el género policial es uno que ha quedado muy instaurado tanto en sus formas tradicionales (el pico de popularidad es Sherlock Holmes) como en otras más transversales a otros marcos y estilos (debido justamente a que la actitud del lector de policiales es universal). Borges atribuye la existencia de esta característica lectora a Poe, dado que es quien creó (o más bien escribió los primeros cuentos de) el género policial. A continuación cuenta acerca de la vida de Poe, intentando reconocer qué hay detrás de la invención del género. Encuentra una intención de Poe por hacerse identificar por una figura altamente inteligente, y por eso modela el tipo de trama que requiere de la figura de un detective de guante blanco, que resuelve crímenes prácticamente perfectos en casos casi imposibles mediante la deducción, el razonamiento y la lógica. El detective además es una figura algo enigmática, fría, que piensa de una forma distinta a la gente común, y es por eso que Poe sitúa a su personaje y a sus historias en el mundo francófono, siempre visto como cultura opuesta - dentro de lo occidental - a la suya anglosajona. Otro aporte que sería continuado luego por Conan Doyle para las aventuras de Sherlock Holmes es la postura del narrador, que es un personaje testigo que convive con el inspector y lo admira. La temática de los dos amigos, opuestos entre sí, para que el protagonista resalte sus características aún más, es rastreada por Borges hasta El Quijote, y continúa hoy siendo muy usada.

Tan extendida está la lectura del género que Borges afirma que hoy en día la resolución de la opera prima, Los crímenes de la Rue Morgue, no es suficiente: debería releer el cuento, pero creo que se refiera a que deja demasiados indicios, y un lector acostumbrado deduciría el argumento antes. O simplemente, a que una resolución sobrehumana es un artilugio no válido, como el rechazo a los cuentos fantásticos cuyo final es que todo había sido un sueño. Borges halaga en cambio - siempre teniendo en cuenta que es un lector acostumbrado, sin desmerecer lo innovador de Poe en su momento - cuentos como El hombre invisible, de Chesterton, donde la dinámica es al revés: en un marco fantástico, incluso de ciencia ficción, la resolución termina siendo realista y de un nivel de sutileza propio del policial blanco.
De Poe, en definitiva, Borges destaca que la invención del género policial - y la consecuente aparición del lector de policiales - ayudó a la idea de que la literatura es un ejercicio racional. Y, si bien siente que el devenir del género, con los policiales negros americanos, pierde la esencia y está en decadencia, admite que no es poca cosa conservar una estructura, contar la historia con inicio, desarrollo y final, y ese es un complicado ejercicio que el policial requiere.

lunes, 11 de mayo de 2020

Breve comentario sobre los textos de Hemingway

Alguna vez Hemingway dijo aquello que luego conoceríamos como su "teoría del iceberg". Parafraseándola, afirma que en una buena historia, el autor puede omitir escribir cualquier parte, y el lector la percibirá. De esta forma, Hemingway se concentraba en nombrar lo aparente, dejando oculto la mayor parte de la estructura, los cimientos de la historia.

En el caso de Los Asesinos podemos ver con claridad los indicios de que hay algo más de lo que se está narrando. El texto deja explícito que hay una razón por la cual los dos asesinos buscan a Ole Anderson para matarlo, pero nunca se aclara cuál. Y también, queda claro que lo vivido impactó tremendamente a Nick, quien al final dice que quiere irse del pueblo. En clase, una compañera mencionó que la "historia oculta" podría tratarse de las distintas formas en que las personas pueden reaccionar a la muerte, o a un evento traumático. Desde la resignación de Ole al juego que se produce entre el cocinero, viejo y consciente de que se trata de algo real, peligroso, y ante eso lo niega, prefiere no tener nada que ver, y Nick, joven, más aventurero para abordar el tema (se acerca hasta Ole) aunque también termina queriendo huir de la misma, pero en otra clave, en la de que todavía piensa que le puede escapar a la muerte. Hay también cierta ironía con la tragedia en el cuento. Contrario a lo que suele suceder en los relatos griegos, en donde el protagonista fracasa en evitar el destino trágico, Ole acepta su destino, se resigna a que su final es inevitable, y es precisamente por esa resignación que esa tarde no muere.  En realidad, todos a su manera parecen recibir el impacto de la situación que acaban de atravesar. Pero nada de esto es tocado en el cuento ya que el narrador tiene una focalización casi nula en los personajes. Lo único que se le escapa es el dato (ni imprescindible ni intrascendente) de que era la primera vez que Nick había estado atado. Todo lo demás se limita a una descripción gráfica, visual. Pareciera como si el narrador estuviera observando toda la escena y se limita a describir lo que vé y a transcribir los diálogos. En ellos se apoya todo el transcurso de la historia, como una obra de teatro. 

Hay algo de cinematográfico también en El gran río de dos corazones. En este caso no hay diálogos, pero el narrador sigue centrándose en describir lo visual. En el cuento anterior, se habría un plano general, como una cámara fija, que dejaba ver los acontecimientos. Aquí, el ritmo de la historia es muy lento, y la "cámara" va deteniéndose en los detalles del paisaje, en las descripciones en general; de los objetos, de los procedimientos ante situaciones mínimas, como el armado de una caña para pescar. En este caso, de todas formas, el narrador sí está enfocado en el personaje y va contando cómo se siente a lo largo que transcurre el relato, pero en general comentando sobre el momento que se encuentra relatando, pocas veces hace comentarios generales o de hechos anteriores que nos revelen algo más que lo que está transcurriendo en el plano principal de la historia. Lo que podemos recolectar, entonces, es que el cuento se trata de cómo Nick llega a un pueblo destruído, que parecería haber sido su hogar tiempo atrás, aunque poco le importa el pueblo en sí porque se pone a remontar el camino río arriba, y entendemos que el cuento se trata de un hombre que vuelve a un paisaje conocido a desconectarse de la sociedad y encontrarse con la naturaleza y con sí mismo. Elementos externos al cuento nos hacen poder entender que en verdad ese personaje quería hacer ese viaje para relajarse luego de haber estado en la guerra. La verdad es que no pude encontrar elementos en el cuento que den pista alguna de eso.

Un lugar limpio y bien iluminado deja de lado esta idea del recurso cinematográfico. El narrador toma una presencia algo más importante al principio, revela datos de los personajes (como que el viejo era sordo), hace comentarios (critica cómo se dirige el camarero joven al hombre viejo cuando le niega la segunda copa). El relato se centra primero en la conversación entre los dos mozos (pero una, a diferencia de la charla inicial en Los asesinos, con un contenido más directo con el resto del cuento, con menos descripción escénica) y luego, en los pensamientos del mozo más viejo, en ese recurso muy interesante en el que desarrolla una especie de fluir de la conciencia que usa también como pasaje espacial: cuando termina, el personaje estaba en otro lugar, y aún sin haber indicado aquello, se entiende perfectamente: uno se puede imaginar desde la visión del mozo viejo caminando vagamente desde el café hasta cualquier bar. Obviamente que a pesar de tener una participación más "activa" en cuanto al conocimiento (o de conocimiento revelado) sobre el interior de los personajes,  el narrador sigue sin develar el trasfondo de la historia. Lo que se aprecia es la conversación entre dos camareros mientras un último cliente consume solo y sin prisa. En la conversación uno de los mozos, el más joven, se muestra impaciente por que el cliente (viejo, sordo) se vaya; el otro, de más edad, tampoco tiene prisa. Aquí creo que al igual que en Los Asesinos está esa oposición entre juventud y vejez, y la relación de cada una con la ansiedad, la soledad, la muerte. Al mozo joven lo pone mal tener que retrasar su vida por ese viejo sin más pretensiones que de beber y morir, porque considera que está perdiendo su tiempo en alguien que ya está perdido. A la vez, puede que le produzca también una sensación de angustia el saber que en algún momento futuro ese puede ser él. En cambio, al otro mozo, que se muestra más paciente, y se puede atribuir eso a una menor ansiedad fruto de la experiencia; demuestra que tiene empatía por ese señor ya que el está en un lugar similar. Si el joven no quiere llegar ni a tener miedo de ponerse a pensar en terminar como el viejo, el más grande se reconoce en ese grado de soledad y probablemente sepa que no le queda tanto tiempo hasta llegar a la vejez, y entonces, se siente reconfortado con ver gente como él, por eso gusta de mantener el bar abierto, de la importancia de que sea un buen lugar para pasar la soledad y la espera a la muerte.