viernes, 19 de junio de 2020

Narradora habilidoza


La historia no es más que una anécdota sencilla, un pequeño drama pero que por lo ridículo, absurdo o, sencillamente, escatológico de la situación se vuelve muy cómico. En definitiva, una tragicomedia, que además tiene algo de aprendizaje. Porque, como bien dice Rochi al comenzar su relato, el objetivo al contarlo es combatir "el tabú de la caca". Una vez que hace esa aclaración al empezar, que sirve como anticipo de la temática/conflicto de la historia, narra prácticamente sin ninguna distorsión temporal de la historia, cuya línea temporal se puede organizar bajo los siguientes núcleos (entre ellos, anotaciones de cómo se muestran en el relato):
- Rochi y Mora comieron en la mezzetta
- Fueron a la casa de Mora
Hasta aquí cuenta en forma de resumen, sin detalles (había ido a cenar (...). Y llegamos a la casa (...).).
- Cada una fue a un baño
Introduce una conversación primero, y una descripción de la ubicación del baño en la casa después.
- Mora hizo sus necesidades y salió del baño. Se puso a hablar con su hermano. Rochi hizo sus necesidades pero no anduvo la cadena.
A partir de acá introduce el presente histórico para narrar gran parte de las acciones. Añade comentarios, usando discurso directo, de lo que iba pensando en el momento. También algunas pausas, con comentarios generales (por ejemplo, sobre cómo llenar un balde de agua sin mojar todo) o reflexiones posteriores de la situación, desde el momento de enunciación. 
- Guardó el sorete en una bolsa y fue al otro baño
- En el otro baño no logró su cometido
- Bajó y en el toilette de la planta baja se deshizo del sorete.
- Rochi pensó cómo deshacerse de la bolsa.
- Salió del baño y se cruzó con la mamá de Mora, que le dio frazadas para subir.
- Fue hasta la cocina y tiró la bolsa.
- Subió y se encontró con Mora, que le preguntó si estaba bien. Rochi le dijo que sí.
Cierra la anécdota con contando que tiempo después se la contó a la familia de Mora y a sus amigas. Termina de reflexionar sobre sus accionares y, redondeando la idea de enseñanza del principio, dice que esta experiencia la hizo mejor persona.

Algunos apuntes más sobre la narradora y la situación de narración. Estábamos en una emisión especial del programa del centro de estudiantes de nuestra secundaria. Era el evento de fin de año de la radio donde se transmite, y se grababa toda la tardenoche desde un bar. Todo esto influye, primero que nada, en que haya mucho ruido de fondo (música, conversaciones) y el sonido no sea genial. Pero lo aclaro porque me parece que la situación (estar saliendo al aire, hablando frente a un público más grande que una ronda de amigues) hizo que Rochi hablara más rápido, con una voz algo más fuerte y tensa de lo que quizás hubiera hecho en un lugar más tranquilo. (Además había cerveza, no sé si había tomado una para ese momento pero eso también te apura la lengua. Al principio se me escucha a mí haciendo un comentario y espero que haya sido eso porque mamita, no se me entendía nada de lo rápido y poco modulado que hablé, qué espanto.) Ahora sí, más allá de eso tiene una forma de contar que es muy graciosa. Ya de por sí la velocidad y esa cierta tensión, inseguridad, causa gracia porque vuelve trágico y altera una historia, como dije al principio, muy pequeña y cotidiana. Y en verdad la historia en sí tiene un poco de eso, porque las acciones se van desenvolviendo a medida que la visión y las desiciones de Rochi son un poco fatalistas. Entonces acompañar el relato desde esa misma perspectiva te ayuda a entrar en el clima de la historia.
Por lo demás, usa registro informal y muy propio del círculo que compone nuestro entorno (poneele que 18±3 años, clase media-alta progre de AMBA), en particular repite mucho la palabra "situación". Tiene muletillas como "Bueno, (...)". E importantísimo: ríe y eso le aporta mucha gracia a la narración.


martes, 9 de junio de 2020

¿Jorge? - Cuento breve propio


Sergio fue a una reunión de reencuentro con sus compañeros de la secundaria. No se veían hacía mucho tiempo. Compartieron un bello momento, charlaron mucho, recordaron grandes anécdotas, rieron. Le alegró especialmente saludar a Camila, a Miriam. Ellas habían sido parte de su grupo de mejores amigxs.
–Pero, al que no veo es a Jorge –les dijo, extrañado–. ¿Acaso no vino?
–¿Jorge? –dudó Camila.
–No sé de quién hablás – afirmó Miriam.
Sergio sonrío, pensó que le estaban haciendo una broma. Jorge era el cuarto amigo del grupo. Pero ellas no cedían a relajar el gesto. Se incomodó un poco, llegó a pensar que lo estaban diciendo en serio. ¿Se habría confundido el nombre? Estaba convencido de que no, pero le dio vergüenza preguntar, así que decidió cambiar de tema. 
Luego, a medida que se iba cruzando con otras personas, les fue preguntando, al pasar, por Jorge, aquel chico menudo, de ojos marrones, que usaba reloj, tan compinche suyo. Nadie lo había visto, nadie lo recordaba. No solo lo asustaba el descubrir que su camarada en la juventud era desconocido por todo un grupo de gente que había convivido con ellos cuarenta años atrás. También le parecían muy raras las reacciones de sus ex compañerxs al consultarles. Algunxs se ponían muy serixs, y le juraban en voz baja, apretando los dientes, que no existía tal persona. Un par abría grande los ojos, soltaba una risa nerviosa, y mirando hacia los costados decía casi a los gritos que no sabía de quién estaba hablando. Otrxs simplemente contestaban un “No...” rápido y se iban para otro lado. 
Sergio se fue temprano de la reunión. La estaba pasando pésimo. Sus compañerxs habían empezado a mirarlo mal, murmuraban en torno a él. ¿Habría enloquecido? 
Ni bien llegó a su casa fue a su oficina, se paró sobre un banquito y bajó del estante alto una caja. La abrió en su escritorio y revolvió entre viejos apuntes y recuerdos. Allí estaba, en blanco y negro, algo maltratada por los años, la foto que él sabía que tenía, jueza entre su cordura y la de lxs demás. Se la habían sacado dentro del colegio, no recordaba cuándo. Pero lo que vio lo dejó perplejo. Hubiera preferido encontrar sólo tres personas. Había cuatro, pero algo estaba mal con la persona de la derecha. Sus prendas brillaban en torno a un cuerpo casi invisible, como si se desintegrara poco a poco o como si algo o alguien se hubiera encargado de desvanecerlo de la imagen. 

domingo, 31 de mayo de 2020

Escena del arafue - Diario de escritor

(Más en Querido diario)

Transportes.


Caminando por Alvarez Thomas me pareció ver a una persona (me pareció mujer, pero no sé de qué edad) dando vueltas en bicicleta por su terraza. Una linda terraza, fue la primera vez que la noté, aún cuando está muy expuesta a la calle. No sé si esa escena estaba sucediendo realmente o si fue una ocurrencia mía, pero era tristísima. Me daba una sensación (poniéndome en el lugar de la persona que da vueltas en bicicleta por su terraza, donde apenas si puede dar un par de pedaleos) de soledad y resignación. ¡Ah, la angustia de estos tiempos de mierda que estamos viviendo! Tenía unas ganas de poder tomarme ese 44 (unos metros más adelante sería un 65) que venía hacia mí e irme al Monumental, este año quería empezar a ir a la cancha más seguido. 


Seguí caminando y pasó un 140, viejo soldado de tantas batallas, aquel que tomaba con frecuencia el año pasado para ir al cbc, con el que podría irme hasta Villa Urquiza, a cuadras de la General Paz, donde vive un amigo. Mientras, casi a la vez, en la mano de enfrente pasaba el de sentido contrario, el que llega hasta Correo Central, ese que debería estar tomando los jueves a eso de las 20, para bajarme en Cabrera y Medrano, enfrente del Café Cortázar, y caminar media cuadra hasta la radio. 


Pasó un 93, de esos bondis a los que uno le toma cariño por lo irremediablemente necesarios que son, por más que no sea una maravilla, y una cuadra después ya era Teodoro García, por donde doblaba el 168 hacia la avenida. Tardé en querer al 168, antes lo ninguneaba bastante. Sobre todo cuando debía volverme desde la zona de Cabildo y Juramento a mi casa, porque era, de las opciones viables, el que más lejos me dejaba. Pero con el tiempo lo empecé a encontrar más útil para otros recorridos. Me ha salvado a la vuelta de noches de juerga o radio esperando en la Córdoba palermitana. Este año debería haberme llevado muchas veces hasta Cabildo y Ramallo para laburar. 


Y llegué hasta Federico Lacroze, y extrañé tomarme un 42 hacia Villa Crespo una vez por semana para jugar al fútbol con mis amigos; y lamenté no ver ningún 184 dando sus primeros (o últimos pasos), como para incluir en este repaso a él, que acompaña al 168 en su excursión hasta Vicente López, y que muchas veces tomé, cuando me falló el tren, para ir a lo de mi psicoanalista en el bellísimo barrio de Florida; y me pareció ver que a lo lejos asomaba el 42 que los fines de semana, y contrario a lo que esperaba, nunca me dejó de garpe, yendo hasta el Monumental pero para ver fútbol femenino, que no implica cortar los accesos, por lo que me puedo bajar en la entrada del club. 


Doblé en Olleros pensando que en este recorrido no había aparecido el 151, el más querido, de recorrido clave, similar al 140 para un lado, pero con una frecuencia mucho más atenta; al 168 y 184 para el otro. Pasó un 90, y mientras pensaba si ameritaba que entrara en esta lista de viajes cotidianos me distrajo un auto que con su ventana abierta dejó la estela de Salando las Heridas. Continué la canción, cantando por debajo del barbijo mientras caminaba.


miércoles, 27 de mayo de 2020

Pequeños sueños


Martes. Hoy soñé en una fiesta de cumpleaños, mía. Un lugar amplio, creo que en un principio el jardín de mi quinta, aunque luego se convertía en otro lugar, uno cerrado, con varios pisos, de pasillos anchos con escaleras que rodeaban las plantas. Había mucha comida, dulce, salada, yo morfaba bastante. La comida era ofrecida a lxs invitadxs pero había otras cosas que no, a mí eso me molestaba. Creo que comía tanto y con tanta mezcla dulce - salado que empezaba a sentirme un poco mal. Había, también, muchísimos invitadxs, gente que yo ni conocía. 

Algo que me viene sucediendo en estos tiempos cuarentenosos es que muchas veces las condiciones actuales de reclusión se insertan de a pedacitos y de golpe en medio de mis sueños. Es decir, imagino primero un verosímil de “la vida normal” y después en el medio del sueño “me acuerdo” de que hoy eso está “mal”. En el caso de este sueño lo primero que me trajo un poco a lo actual es que me hicieran notar que tenía el pelo y la barba descuidadas. Eso me molestó.

Luego en el sueño salí del lugar donde estábamos, que desde afuera parecía la entrada a un gran boliche. Estaba ubicado en una autopista, y a los pocos metros cruzaba en un puente una especie de Gral Paz que dividía Ciudad con Provincia, y allí había autos de la policía para hacer controles (porque claro, estamos en cuarentena, necesitás un permiso para circular entre distintas jurisdicciones). Yo me subía a un auto invitado a dar una vuelta por un amigo de la primaria, aunque sabiendo que si íbamos para el lado de provincia - en realidad, creo que solo podíamos salir para ese lado, porque el boliche estaba en esa mano - muy probablemente fuéramos pollo. Ojo, no estábamos rompiendo la cuarentena por hacer una fiesta, con eso no había problema, pero estar en auto pasando de un lugar a otro por venir de una fiesta no estaba permitido. Cuestión que dimos una vuelta, cruzando esa Gral Paz, y yo estaba con el culo en las patas las dos veces que safamos de pedo de que nos pararan a pedir el permiso que no teníamos. Cuando estábamos volviendo ya amanecía. Unxs amigxs me prometieron un porro dentro de un rato, yo accedí. Se fueron a bajonear a un puestito a un par de cuadras (pensándolo bien, el paisaje es más propio de la Av. Costanera, si llegara a cruzar con la Gral Paz), yo lxs acompañé. Era un lugar que solo vendía en promos muy grandes, con muchas dudas compré algo así como cuatro panchos con cuatro pintas, me acuerdo que discutíamos las variedades de cerveza que podíamos llevar. Pero apenas hice la compra me arrepentí porque era mucho más de lo que quería y podía comer y tomar. Eventualmente fui perdiendo rastro del sueño, a medida que me despertaba.

martes, 19 de mayo de 2020

Jesús y la media pinta

Cuando nos pidieron que pensemos cinco objetos significativos que tengamos en nuestro cuarto de inmediato se me vinieron a la cabeza dos que, si bien individualmente tienen una significancia indudable (aunque no por eso insuperable), cobran peso al estar juntos porque cumplen con lo que intuía iba a ser una segunda condición para los objetos: contar una historia. Y estos dos objetos en mi cuarto - uno solo ahora, del otro queda el recuerdo - fueron parte de una pequeña anécdota cotidiana.


Era julio de 2018 y sobre mi mesa de luz (que en realidad son dos cajones angostos y huecos de madera apilados, con un tomacorriente a la altura de la mitad del segundo cajón, donde enchufo el velador y el cargador de celular) solo había dos cosas (a centímetros de esta pseudo mesa de luz está mi escritorio, que uso de forma más extensiva para lo mismo; de hecho, el velador está en el borde del escritorio): un muñeco de Jesús de esos que tienen la cabeza de resorte, guiñando un ojo, haciendo pulgar para arriba con una mano y señalando al frente con la otra; y un vaso de media pinta.














El Jesús lo había comprado en... no recuerdo si Roma o Venecia, en un viaje de intercambio del que ya hablé en mi autobiografía. Obviamente fue un viaje muy importante y eso ya carga de significancia al objeto. Pero sobre todo lo valoro desde un plano semiótico y semántico: se me hace muy memero y muy temerario también. No es cualquier cosa banalizar al cristianismo y menos en Italia. Lo puse en mi mesa de luz apuntando con el dedo hacia mi cama. 


A su lado estaba un vaso de media pinta de un bar que frecuentábamos mucho y al que le tenía un gran aprecio. Cuando volvimos del viaje de intercambio, junto con esa gente y otrxs amigxs que devinieron comunes íbamos todas las semanas. Tenía muchas cosas valorables. Estaba en una buena ubicación, Palermo, pero unas cuadras alejado de Plaza Serrano, con lo cual cumplía una segunda condición: salvo sábados, no abarrotaba de gente. De hecho, nos enamoró las primeras veces que fuimos justamente por estar vacío, con una terraza grande y linda a disposición en la ya histórica esquina de Costa Rica y Godoy Cruz. La cerveza era mala pero barata, tenía un balde de pochoclos para servirse a piacere y, por supuesto, nos dejaban consumir a pesar de que no todxs - por no decir ningunx, en un comienzo - éramos mayores de edad. La cerveza era barata pero un día que estábamos por la zona nos asomamos y vimos que estaba especialmente barata. Intuimos que eso no podía ser bueno. Unas semanas después nos enteramos lo peor: eran los últimos días. En junio cerraban. Las últimas convocatorias fueron masivas. Íbamos dos o tres veces por semana, difundíamos por todos nuestros círculos, en las redes, incluso en el programa de radio del centro de estudiantes. Llegó a ser frecuentado esas veces finales por gente de nuestro colegio pero con quienes no teníamos relación... en fin, una locura. Cuestión que el último día pedí que me regalaran un vaso con el logo del lugar: la media pinta que fue a parar a mi mesa de luz. Quienes conocen de vasos cerveceros saben lo lindos que son aquellos con un diseño propio estampado, y aún más, saben que los vasos de media pinta son mucho más lindos que los de una pinta (es lo mismo pero en una escala más chica, tienen la belleza de un bonsai). No quería ponerlo a circular como vaso de uso en la cocina porque se iba a terminar rompiendo, además de que iba a perder su esencia: ser un recuerdo, no un vaso.


Pasó poco más de un mes y una noche estaba armando mi cama, para lo cual la corrí un poco de la pared. Cuando terminé, en un movimiento volví mi cama hacia su lugar con fuerza. Ví cómo se movía el cajón de abajo de mi mesa de luz, luego todo se oscureció de golpe mientras escuchaba el ruido de vidrios rotos. Todo eso sucedió en un segundo, luego del cual analicé la situación. La cama había empujado el cajón de abajo, que desplazó junto a él al de arriba. Pero el de arriba se trabó con la fuente de mi cargador, y en esa oposición de fuerzas terminó cayendo. Arrastró al velador, de interruptor muy sensible, que se apagó en el acto. La media pinta estaba rota. 


Me quedé en un breve luto a oscuras. Luego fui asimilando lo que acababa de pasar y eventualmente me dispuse a ordenar todo. Me apenaba mucho el triste final de esa media pinta. Quizás no tanto por la forma: después de todo, los vasos de vidrio están hechos para romperse. Pero más por lo efímero, había pasado muy poco tiempo, todavía era un objeto muy presente; hoy no sería más que otras cosas en mi estante. Pensaba que quizás había sido pronto para dejar atrás ese recuerdo. Pero me convencí de lo contrario cuando prendí la luz. Pronto todo cobró un aspecto tragicómico. Hay cosas que parecen estar ideadas por el destino de una forma casi burlona, y esa vez fue una de estas. Me había olvidado del Jesús. Estaba en el piso, casi intacto. Sólo se le había roto un pedacito. Reí. Era menos de un centímetro lo que yacía desprendido cerca en el piso: el dedo que señala.

(A los pocos meses el bar abrió de nuevo. Pero nunca volvimos a ir. Después cerró definitivamente y ahora hay otro bar. El Jesús lo sigo teniendo. Nunca le pegué el dedo. Hace poco también se le despegó el resorte con la cabeza.)

Registro de la rutina - diario de escritor


Viernes. Me levanté bastante después de haberme despertado, estuve como media hora usando el celular en la cama. Ergo, me levanté ya bien despierto. Mi religioso pasaje por el baño para arrancar el día fue entonces algo breve. Fui ya vestido, y sin detenerme a pasar por el inodoro regulé rápidamente la temperatura del agua para que saliera tibia, junté las manos haciendo de su unión una superficie cóncava y allí junté agua que me eché delicamente en la cara, una o dos veces. Me saqué los protectores bucales de descanso, cerré el agua caliente, y mojé mi cepillo cuando de la canilla corría ya solo agua fría, que luego cerré. Me distraje, quizás, con algunos mensajes en el celular entre esto y empezar a lavarme los dientes, mientras ponía el dentrífico. Me lavé los dientes con cierto cuidado porque me salió un afta en el labio inferior, a la altura del canino inferior derecho. Enjuagué el cepillo, me hice un buche y guardé mi cepillo en el vaso donde acostumbra estar. Me puse manteca de cacao en los labios y por último un poco de una pomada para el afta, antes de salir del baño.



Sábado. Me levanté para ver fútbol alemán (es lo que hay). Prendí la tele y fui al baño sin cambiarme. Cagué mientras revisaba notificaciones en twitter y pispeaba el timeline. Me limpié, tiré la cadena, y prendí el agua caliente de la canilla. Empecé a lavarme las manos mientras se calentaba el agua, que después regulé con fría para que quedara tibia, y me lavé la cara con dos pasadas de agua. Luego, otro tanto pero exclusivamente en la zona de los ojos, para quitar legañas. A continuación me saqué los protectores bucales, que enjuagué y puse en su contenedor. Apagué el agua caliente, mojé el cepillo de dientes, cerré la canilla. Mientras me lavaba los dientes me asomé a mi cuarto para ver cómo iba el partido. Volví al baño, abrí el agua fría, enjuagué el cepillo, me hice un buche.

Domingo. Fui al baño ya vestido y con el celu en la mano viendo un streaming de la liga de Bielorrusia. Me lavé las manos con agua que iba deviniendo caliente, apenás me mojé la cara. Cerré la canilla, colgué un momento con el celu, abrí el agua fría para mojar el cepillo y la cerré. La noche anterior me quedé dormido sin ponerme los protectores así que no tuve que sacármelos. Me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche, guardé el cepillo, siempre con el streaming al lado. También antes de acostarme había olvidado pasarme hilo dental, así que lo hice ahora. 


Lunes. Me levanté y fui al baño con algo de abrigo arriba del pijama. Abrí el agua caliente y mientras tomaba temperatura hice pis. Luego regulé el agua y me lavé las manos y la cara con displicencia, mientras pensaba en cualquier cosa. Me quedé sólo con el agua fría, pero todavía tenía que sacarme y enjuagar los protectores bucales, y aún no quería entregar mis manos al frío. Entonces mojé mi cepillo primero, después volví a prender el agua caliente y ya más a gusto con la temperatura los enjuagué. Luego cerré el agua, me lavé los dientes, enjuagué el cepillo, hice un buche y me fui del baño.

Martes. Hoy estuve más distraído. Fui al baño un rato después de estar levantado en mi cuarto. Creo que ya vestido. Cuando volví de pensar en cualquier cosa y recordé que estaba haciendo este registro, me estaba sonando los dedos de la mano izquierda bajo el agua tibia de la canilla. Seguí un rato con la otra mano, me las lavé con jabón, me mojé la cara. Después estuve a punto de cerrar el agua caliente, pero me detuve para sacarme y enjuagar los protectores. Después sí, esperé a que el agua se enfriara y mojé el cepillo, le puse pasta y me lavé los dientes y las encías (esto sucedió todos los días, pero no lo aclaré anteriormente). Supongo que enjuagué el cepillo antes de hacerme un buche, como suele suceder. Luego fui al inodoro e hice pis.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Frase - Diario de escritor

13/5 "Lo más parecido al contacto [en el contexto actual] es una canción"
Lo dijo al pasar Pedro Rosemblat en su programa de radio (Patrulla Perdida)

6/6


23/6
"(Al igual que la función,) la vida solo sabe renacer si muere en cada despedida"
Murga Un Título Viejo 
https://www.youtube.com/watch?v=CqVdmDeMJe8

27/6
"El polvo va y viene, vos aprovechá el tiempo que no vuelve nunca más" – Lo dijo mi papá y pidió que lo anote (?

Sobre Borges y el cuento policial

Porque un poco todxs somos Sherlock Holmes

Borges afirma que el lector de cuentos policiales existe en todo el mundo y posee una actitud que aplica en la lectura de cualquier género. Se trata de una posición deductiva, alerta, que busca anticipar a medida que aparecen los elementos que en un primer momento pasan desapercibidos pero que terminarán siendo decisivos en la resolución (las teorías de Piglia sobre las dos historias y sobre los finales tienen mucho que ver con esto). En realidad, creo que todo el mundo es hoy en día este tipo de lector, ya que el género policial es uno que ha quedado muy instaurado tanto en sus formas tradicionales (el pico de popularidad es Sherlock Holmes) como en otras más transversales a otros marcos y estilos (debido justamente a que la actitud del lector de policiales es universal). Borges atribuye la existencia de esta característica lectora a Poe, dado que es quien creó (o más bien escribió los primeros cuentos de) el género policial. A continuación cuenta acerca de la vida de Poe, intentando reconocer qué hay detrás de la invención del género. Encuentra una intención de Poe por hacerse identificar por una figura altamente inteligente, y por eso modela el tipo de trama que requiere de la figura de un detective de guante blanco, que resuelve crímenes prácticamente perfectos en casos casi imposibles mediante la deducción, el razonamiento y la lógica. El detective además es una figura algo enigmática, fría, que piensa de una forma distinta a la gente común, y es por eso que Poe sitúa a su personaje y a sus historias en el mundo francófono, siempre visto como cultura opuesta - dentro de lo occidental - a la suya anglosajona. Otro aporte que sería continuado luego por Conan Doyle para las aventuras de Sherlock Holmes es la postura del narrador, que es un personaje testigo que convive con el inspector y lo admira. La temática de los dos amigos, opuestos entre sí, para que el protagonista resalte sus características aún más, es rastreada por Borges hasta El Quijote, y continúa hoy siendo muy usada.

Tan extendida está la lectura del género que Borges afirma que hoy en día la resolución de la opera prima, Los crímenes de la Rue Morgue, no es suficiente: debería releer el cuento, pero creo que se refiera a que deja demasiados indicios, y un lector acostumbrado deduciría el argumento antes. O simplemente, a que una resolución sobrehumana es un artilugio no válido, como el rechazo a los cuentos fantásticos cuyo final es que todo había sido un sueño. Borges halaga en cambio - siempre teniendo en cuenta que es un lector acostumbrado, sin desmerecer lo innovador de Poe en su momento - cuentos como El hombre invisible, de Chesterton, donde la dinámica es al revés: en un marco fantástico, incluso de ciencia ficción, la resolución termina siendo realista y de un nivel de sutileza propio del policial blanco.
De Poe, en definitiva, Borges destaca que la invención del género policial - y la consecuente aparición del lector de policiales - ayudó a la idea de que la literatura es un ejercicio racional. Y, si bien siente que el devenir del género, con los policiales negros americanos, pierde la esencia y está en decadencia, admite que no es poca cosa conservar una estructura, contar la historia con inicio, desarrollo y final, y ese es un complicado ejercicio que el policial requiere.

lunes, 11 de mayo de 2020

Breve comentario sobre los textos de Hemingway

Alguna vez Hemingway dijo aquello que luego conoceríamos como su "teoría del iceberg". Parafraseándola, afirma que en una buena historia, el autor puede omitir escribir cualquier parte, y el lector la percibirá. De esta forma, Hemingway se concentraba en nombrar lo aparente, dejando oculto la mayor parte de la estructura, los cimientos de la historia.

En el caso de Los Asesinos podemos ver con claridad los indicios de que hay algo más de lo que se está narrando. El texto deja explícito que hay una razón por la cual los dos asesinos buscan a Ole Anderson para matarlo, pero nunca se aclara cuál. Y también, queda claro que lo vivido impactó tremendamente a Nick, quien al final dice que quiere irse del pueblo. En clase, una compañera mencionó que la "historia oculta" podría tratarse de las distintas formas en que las personas pueden reaccionar a la muerte, o a un evento traumático. Desde la resignación de Ole al juego que se produce entre el cocinero, viejo y consciente de que se trata de algo real, peligroso, y ante eso lo niega, prefiere no tener nada que ver, y Nick, joven, más aventurero para abordar el tema (se acerca hasta Ole) aunque también termina queriendo huir de la misma, pero en otra clave, en la de que todavía piensa que le puede escapar a la muerte. Hay también cierta ironía con la tragedia en el cuento. Contrario a lo que suele suceder en los relatos griegos, en donde el protagonista fracasa en evitar el destino trágico, Ole acepta su destino, se resigna a que su final es inevitable, y es precisamente por esa resignación que esa tarde no muere.  En realidad, todos a su manera parecen recibir el impacto de la situación que acaban de atravesar. Pero nada de esto es tocado en el cuento ya que el narrador tiene una focalización casi nula en los personajes. Lo único que se le escapa es el dato (ni imprescindible ni intrascendente) de que era la primera vez que Nick había estado atado. Todo lo demás se limita a una descripción gráfica, visual. Pareciera como si el narrador estuviera observando toda la escena y se limita a describir lo que vé y a transcribir los diálogos. En ellos se apoya todo el transcurso de la historia, como una obra de teatro. 

Hay algo de cinematográfico también en El gran río de dos corazones. En este caso no hay diálogos, pero el narrador sigue centrándose en describir lo visual. En el cuento anterior, se habría un plano general, como una cámara fija, que dejaba ver los acontecimientos. Aquí, el ritmo de la historia es muy lento, y la "cámara" va deteniéndose en los detalles del paisaje, en las descripciones en general; de los objetos, de los procedimientos ante situaciones mínimas, como el armado de una caña para pescar. En este caso, de todas formas, el narrador sí está enfocado en el personaje y va contando cómo se siente a lo largo que transcurre el relato, pero en general comentando sobre el momento que se encuentra relatando, pocas veces hace comentarios generales o de hechos anteriores que nos revelen algo más que lo que está transcurriendo en el plano principal de la historia. Lo que podemos recolectar, entonces, es que el cuento se trata de cómo Nick llega a un pueblo destruído, que parecería haber sido su hogar tiempo atrás, aunque poco le importa el pueblo en sí porque se pone a remontar el camino río arriba, y entendemos que el cuento se trata de un hombre que vuelve a un paisaje conocido a desconectarse de la sociedad y encontrarse con la naturaleza y con sí mismo. Elementos externos al cuento nos hacen poder entender que en verdad ese personaje quería hacer ese viaje para relajarse luego de haber estado en la guerra. La verdad es que no pude encontrar elementos en el cuento que den pista alguna de eso.

Un lugar limpio y bien iluminado deja de lado esta idea del recurso cinematográfico. El narrador toma una presencia algo más importante al principio, revela datos de los personajes (como que el viejo era sordo), hace comentarios (critica cómo se dirige el camarero joven al hombre viejo cuando le niega la segunda copa). El relato se centra primero en la conversación entre los dos mozos (pero una, a diferencia de la charla inicial en Los asesinos, con un contenido más directo con el resto del cuento, con menos descripción escénica) y luego, en los pensamientos del mozo más viejo, en ese recurso muy interesante en el que desarrolla una especie de fluir de la conciencia que usa también como pasaje espacial: cuando termina, el personaje estaba en otro lugar, y aún sin haber indicado aquello, se entiende perfectamente: uno se puede imaginar desde la visión del mozo viejo caminando vagamente desde el café hasta cualquier bar. Obviamente que a pesar de tener una participación más "activa" en cuanto al conocimiento (o de conocimiento revelado) sobre el interior de los personajes,  el narrador sigue sin develar el trasfondo de la historia. Lo que se aprecia es la conversación entre dos camareros mientras un último cliente consume solo y sin prisa. En la conversación uno de los mozos, el más joven, se muestra impaciente por que el cliente (viejo, sordo) se vaya; el otro, de más edad, tampoco tiene prisa. Aquí creo que al igual que en Los Asesinos está esa oposición entre juventud y vejez, y la relación de cada una con la ansiedad, la soledad, la muerte. Al mozo joven lo pone mal tener que retrasar su vida por ese viejo sin más pretensiones que de beber y morir, porque considera que está perdiendo su tiempo en alguien que ya está perdido. A la vez, puede que le produzca también una sensación de angustia el saber que en algún momento futuro ese puede ser él. En cambio, al otro mozo, que se muestra más paciente, y se puede atribuir eso a una menor ansiedad fruto de la experiencia; demuestra que tiene empatía por ese señor ya que el está en un lugar similar. Si el joven no quiere llegar ni a tener miedo de ponerse a pensar en terminar como el viejo, el más grande se reconoce en ese grado de soledad y probablemente sepa que no le queda tanto tiempo hasta llegar a la vejez, y entonces, se siente reconfortado con ver gente como él, por eso gusta de mantener el bar abierto, de la importancia de que sea un buen lugar para pasar la soledad y la espera a la muerte.

sábado, 9 de mayo de 2020

Memorias de calor - cuento propio

–Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en aquella época. Sobre todo porque me resultaba casi imposible poder despertarme antes del mediodía. Ese verano fue de los más calurosos de los que yo tenga memoria. Por eso aquel día me desperté temprano. Lo del asesinato era premeditado, pero lo había pensado más bien para el atardecer, en general no activaba hasta cosa de las cinco. Era vago, pero ¡cómo me divertía! Trabajaba de noche, en la fonda cerca del lago, en las afueras, del otro lado de la estación. Era de un tío mío. Bah. Trabajar, lo que se dice trabajar... Bueno, aguarda, que no era para cualquiera lo que yo hacía. Parece una pavada, pero trabajar ebrio todas las noches no es para cualquiera. En realidad, estar muy ebrio de por sí no es para cualquiera. Quiero decir, lo que aporta el tener que trabajar es darle gracia a la borrachera, te obliga no solo a tener que mantenerte de pie, que ya de por sí es un logro, sino a aprender a dominarlo. A entender cómo es la danza que maneja tu cuerpo tambaleante, cuál es la nitidez real de todo aquello que tu vista te presenta borroso, y qué ajustes hay que realizar sobre tus razonamientos. Yo, por ejemplo, ya tenía calculado que a la hora de llevar una bandeja con vasos de cerveza, debía cargar dos menos de los que pensaba que podía llevar sin que se me cayera todo. En fin, por ese entonces era todo un arte. Recuerdo que se hacían concursos entre empleados de todo el condado, y verlos dominar el tambaleo con tanto estilo... era como asistir a una obra de ballet. ¡Cómo nos alcoholizábamos por esos tiempos! En invierno era necesario. El frío penetraba los huesos y la caminata de vuelta a casa solo podía ser menos dura por el reconforte de las bebidas blancas. En verano, era una tentación. El clima a la noche era ideal, y nos quedábamos tomando y charlando en la taberna hasta el alba. Claro que con el calor, la resaca al día siguiente se sentía mucho más. ¡Lo que pegaba el calor! Aquel día no debían ser ni las ocho que ya el sol te perforaba. Con decirte que hasta el gallo se había dormido, vencido por el sopor de estar frente a ese clima. Conmigo fue al revés, el calor me despertó, pero bien podía dar sueño. Y eso que era un buen gallo, eh. No nos duraban mucho los gallos. A mi padre le gustaba mucho el guiso de pollo. Con que bajara un poquito la temperatura, menos de 59 grados (Fahrenheits), y ya exclamaba “Hace frío”. Y eso significaba “adiós, pollo”. Y ya que nombro a mi padre volvamos a su asesinato, que me fui por las ramas. Perdón, es que entré a hablar del calor y me dejé llevar. Ese día un poco también me dejé llevar. No con lo de asesinarlo, claro, sino con cómo. Entonces por el calor me desperté temprano, mi padre todavía dormía porque no había cantado el gallo, y me dije “Debo aprovechar para liquidarlo ahora, después me queda tiempo para ir al lago y descansar”. Y me dejé llevar también en el arma. Yo tenía pensado usar un revolver, pero en el momento tenía un cuchillo a mano ahí en la cocina y... qué rayos, agarré el cuchillo y fui con eso. Un poco porque ya estaba ahí, además no quería despertar a mi hermano. Pero sobre todo porque al lado de mi padre estaba mi madre, durmiendo en la cama, y tenía miedo de calibrar mal y terminar dándole a ella, con el viento que hacía... ¡Qué viento que hacía! Como decía recién, con lo del calor me fui de tema, dejé de hablar de lo importante. ¡No era el calor el que hizo que me despertara temprano, fue el viento! Días calurosos hubo todo ese verano y todos los veranos. Pero viento, pocas veces así. Imaginate, viento caliente y potente, que te volaba de la cama. Porque al calor te lo aguantas cuando viene una brisa fresca, pero con un viento como el que te digo no tienes con qué refugiarte. Encima no te hablo de un viento y un calor seco, que es terrible, pega y te duele, pero te ocultas del sol bajo una sombra y de la ráfaga con una pared o tronco grueso y ya está. ¡Nada de eso! En mi pueblo el calor era húmedo, y aún más cuando llovía. ¡Y cómo llovía ese día! Qué digo llovía, diluviaba. Eso fue lo que me levantó de la cama. No había techo que pudiera con la intensidad de ese aguacero. Ni paredes, porque por el viento el agua entraba de costado, entraba por todos lados. De por sí, mojarse no era lo peor, porque por el calor ya estaba tan transpirado que casi daba igual. Pero el ruido que hacía la lluvia contra el techo de chapa... cómo olvidarlo. Y encima por el viento caían ramas, pájaros, era un descontrol. El resto de mi familia dormía en un piso inferior, a mí me habían hecho una recamara en el altillo, dado que por mi trabajo vespertino tenía los horarios al revés; de esa forma podía dormir hasta tarde sin que me molestara. Como dormían abajo no escuchaban semejante alboroto que venía del techo de chapa. Claro que también ese cuarto en el altillo tenía sus ventajas. En días como ese, de lluvia fuertísima, podía ver por la ventana cómo se inundaban hasta las azoteas de las casas más bajas, desde la seguridad de mi recamara en el altillo. ¡Caray, si crecía el río cuando llovía! Incluso las calles principales se cubrían con más de dos metros de agua, y el pueblo pasaba a tener canales en vez de caminos. Todos teníamos alguna balsa o bote aunque sea improvisada para esos días. Recuerdo uno, en la primavera del 1870, donde el sol brillaba después de una semana de intensa tormenta, y todavía quedaba mucho por drenar, que a eso de las doce mi hermano subió a despertarme gritando exaltadísimo: “¡Mira! ¡Mira allí, pasando la barbería! ¡Se divisa un velero!”. Sí, así como has escuchado: un velero navegando en medio de las calles del pueblo. Fuimos a verlo cuando amarró unos momentos en la plaza del centro. Era de unos holandeses que sabrá Dios cómo se habían extraviado intentando llegar a Richmond, y ahora andaban errantes por cuanto río o lago se les cruzaba. Mi hermano y yo entablamos conversación con uno de ellos. Hablaba poco inglés, pero pareció que le agradamos. Quiso convencer a mi padre de llevar consigo a mi hermano. “No quiero.”, les contestó. Mi padre era así, inexpresivo, de pocas palabras. Todavía recuerdo las últimas que dijo, cuando me vio con el cuchillo pronto a clavarlo en su pecho. “No lo hagas”, me dijo. ¡No lo hagas! ¿A tí te parece? Lo que enfurecí cuando oí eso. Porque si me hubiera dicho otra cosa, quién sabe, quizás me acobardaba, o apiadaba. Pero decirme eso... ¡en ese momento, en esa situación! ¡Hay que tenerle más respeto a alguien que está por asesinarte! ¿Quién está con un cuchillo en la mano a punto de matar al otro, yo o tú? ¿Acaso alguien te preguntó tu opinión en el asunto? Vaya que eso me llenó de rabia. Pero bueno, en retrospectiva, lo entiendo a mi padre. No era una forma digna de morir. Más bien, no era un buen momento. Por la tormenta fue muy difícil dar con el cura para poder hacer un entierro como corresponde. Además, la lluvia y el sol hacían crecer unos matorrales muy arduos de controlar en el cementerio, y todo el lugar se llenaba de mosquitos. ¡Si nos habrán picado los mosquitos! Eso fue lo que me despertó temprano, un maldito mosquito que se dedicaba a merodear mi cara. Aunque claro que los mosquitos no eran tan problemáticos como las ratas. Esos días de lluvia y lodazal las ratas hacían estragos, se comían los pies de los cadáveres enterrados... imagina lo que eran esas ratas, que incluso con el calor, el viento, la lluvia, el ruido del techo de chapa y los mosquitos fue el chillido de dos ratas debajo de mi cama lo que me sobresaltó aquella mañana. Y, con todo, la muerte de mi padre fue antes del otoño, cuando invaden las víboras. ¡Ah, no quisieras saber lo que es morir, o incluso vivir allí en época de víboras! Todos los años bajan de las montañas del norte y acechan hasta el verano, excepto aquel hermoso invierno de 1864, en que entró en erupción el volcán al otro lado del lago. La ceniza cubrió todo por tres años, pero luego de eso la cosecha estuvo como nunca. No recuerdo una alacena tan llena como la que tuvimos esa temporada. Si tan solo hubiera estado así en 1878, cuando los osos pardos que venían de los prados del este sitiaron el pueblo por todo marzo... Mira, quizás le hice un favor a mi padre y todo.

En fin, a lo largo de los años he ido aprendiendo cosas, hoy soy un adulto y pude corregir esas calamidades que cometía de joven. Ahora me levanto todos los días a las 6. Es realmente distinto, aprovechas el día de otra forma. 

miércoles, 29 de abril de 2020

Lectura de microcuentos


(Spoiler: me pongo comunista sobre el final.)

Luego de leer la selección de microcuentos de la Antología del cuento fantástico y de Ambroce Bierce, destaco de cada uno El gesto de la muerte (pág. 149) y El Principio Moral y El Interés Material (pág 7).

El primero, de Jean Cocteau, es comparable con aquello que Piglia describe en la Tesis sobre el cuento como el procedimiento habitual en Borges: construye la primera historia desde un género, en este caso el de un cuento tradicional. Para ello se sitúa en la antigua Persia y toma una temática (la presencia de la muerte personificada) recurrente en los relatos de aquella época y lugar (además, relata en presente histórico). Y no es hasta la última oración que no se devela la segunda historia, en donde una acción del protagonista (el jardinero que huye de la muerte hacia Hispahán) termina definiendo su destino (la muerte lo esperaba ahí). Esa acción forma parte, e importante, de lo que sería la historia aparente, pero en la historia oculta toma un rol crucial y, en este caso, contrario al buscado.

El primer cuento de la selección de Bierce, por el contrario, presenta una estructura más similar al cuento moderno. La propuesta de los dos personajes evidencia desde el principio que se está a punto de leer una analogía, donde más allá de lo que pase literalmente en la sucesión de acciones de la historia aparente, se encierra un concepto a interpretar, que ocupa el lugar de la segunda historia. El cuento, entonces, convive todo el tiempo con las dos historias. Sin embargo, cuando el final de la primera historia, la literal, es evidente (El Principio Moral se tira al agua), el sentido figurado en la segunda historia queda más abierto. No hay una reflexión final que nos revele concretamente el sentido de la analogía. Lo que se deja entrever de la misma es cómo al principio del cuento el Principio Moral se reconoce como superior ante el Interés Material, pero por la naturaleza propia de ambos, termina cediendo por empático, por no querer confrontar, o simplemente por hartazgo. ¿Qué se puede interpretar como mensaje a partir de esto? Se me ocurren dos posibilidades, aunque solo a modo de ejemplo; puede haber otros. Suena el Himno de la Internacional de fondo y de repente El Principio Moral representa a los principios individualistas impuestos tradicionalmente por la institución familiar, eclesiástica, capitalista. El Interés Material, pensado como el comunismo, entendiendo a la producción como el motor de la humanidad, y en donde, en este caso, los medios de producción están colectivizados, con una cultura de pensamiento colectivo, se opondría al individualismo de El Principio Moral. Allí, El Interés Material (lo colectivo) resiste firme ante la insistencia de su antagonista y triunfa. Siguiendo con la temática pero situándonos en un mundo ya conmovido por la Revolución Cubana, El Principio Moral, en este caso la moral comunista, pierde ante El Interés Material (material como consumo, como capital) "por tibio", por vacilar; en definitiva, por sus propias contradicciones ideológicas. En ese caso, el cuento trata la discusión sobre cómo llevar a cabo el camino hacia el socialismo, y la analogía es un llamado a tomar las armas.

lunes, 27 de abril de 2020

Reescritura del microcuento

Original: El deseo de un libro

Perdido en el tiempo perdido - cuento fantástico


El monje Ansgar intuyó que algo andaba mal con ese libro desde la primera vez que lo vio. Debía transcribirlo; un mantenimiento que se realizaba cada doscientos años. Le habían encomendado la tarea por ser uno de los monjes más antiguos del recinto; se trataba de uno de los libros más importantes del monasterio. En él, se hallaba la historia de las futuras generaciones, el progreso traído por la juventud, la clave para las innovaciones por venir. Pero el monje no podía abrirlo. No era en aspecto físico un códice distinto a otros que había manipulado, pero alguna razón le impedía poder dar con su contenido. El primer día lo tomó con naturalidad: no siempre se está preparado para conocer una verdad. Hizo su rutina de rezos y lecturas habitual. Al día siguiente despertó bastante antes del alba, sobresaltado. Había tenido una pesadilla de la que no recordaba más que la presencia del libro que tenía en su escritorio, al que ahora miraba. Su habitación estaba igual que el día anterior pero él sentía algo distinto, como si la iluminación hubiera cambiado y ahora todo fuera de un color sepia saturado pero opaco, todo salvo ese libro, que se mantenía en un gris infinitamente neutro. Pensó que seguía en la pesadilla. Para el tercer día casi no había dormido, y estuvo toda la mañana con la pluma en la mano. Pero no pudo hacer nada. Estaba bloqueado pero seguía insistiendo, porque le daba pavor no poder transcribir ese libro, no poder siquiera abrirlo. Internamente, sabía que eso sería la prueba de que estaba acabado, había quedado obsoleto. Las semanas pasaban y el libro seguía allí, mirándolo. El cielo estaba siempre negro. Su habitación y el monasterio se hacía cada día más inmenso; la visión del mundo externo desde su ventana cada vez más chica. Se propuso una prueba de purificación, por una semana rezó sin parar en ayunas. Pero no logró nada al intentar abrir el libro una vez más. Durante el siguiente mes el monje le oró, habló, gritó, imperó, suplicó para que se abriera. El libro guardó silencio. Un día, finalmente, Ansgar se dio por vencido. Jamás podría acceder al contenido de ese libro porque el espacio y el tiempo en el que estaba no era el del monje; su hora ya había pasado. En cinco segundos caminó los quinientos metros entre su escritorio y la ventana junto a su cama. Dio un último rezo y se arrojó. Comprobó con cierto alivio que no caía, sino que se elevaba hacia la única rendija de luz que se abría entre el cielo nublado.

domingo, 26 de abril de 2020

Autobiografía

¿Cuánto de mí puede decir una anécdota?

Soy Iván Taube, tengo 19 años y creo que el mejor día de mi vida fue el 22 de septiembre de 2017. La primavera (mi época preferida del año, aunque el cambio de temperatura siempre me deje como mínimo un resfrío) había comenzado un miércoles lluvioso, y lo pasé en un avión. Era la segunda vez que viajaba a Europa[1]. Por fuera de esas ocasiones, estuve una vez en Brasil y varias en Uruguay[2]. Iba rumbo a un viaje de intercambio a Italia que organizaba mi colegio[3] y un liceo de Milán, en un grupo con varixs desconocidxs, algunxs conocidxs y un par de grandes amigxs. Esa ida en avión fue pésima. Nos dieron de almorzar, pero luego se saltearon la cena; no pude dormir nada; tenía ganas de ir al baño. Pero en mi cabeza había otra preocupación: ese día, mientras yo estaba en medio del Atlántico, River jugaba por Copa Libertadores[4] la vuelta de los cuartos de final, debía ganar por cuatro goles. No hubo forma de poder seguir el partido ni de averiguar el resultado hasta llegar al aeropuerto. Mucho menos de olvidar el asunto. La espera se me hizo eterna, no podía más de la ansiedad. Ante la expectativa que me había generado en torno a ese resultado, había tomado una determinación: quería enterarme solo. Buscarlo y leerlo yo, por nada del mundo quería enterarme por medio de otras personas o de improvisto. Aterrizamos y antes de poder bajar a un amigo le llegó un mensaje de texto de su viejo con información sobre los partidos (él es de San Lorenzo, que también jugaba ese día). Un par se juntaron a debatir (a espaldas y en voz baja para que yo no escuchase) sobre ese mensaje, algo de lo que había ahí no les cerraba. En un momento me llegó una palabra, a alguien se le escapó un número. Los miré. Silencio, tensión. Lo que había escuchado no podía tener mucho sentido, pero justamente de eso estaban discutiendo, de si la data tenía sentido o no. Además, si por algo se caracteriza el fútbol es por no siempre tener sentido. “No jueguen conmigo” les dije casi temblando. Perdón por extender demasiado el relato pero quiero que se entienda lo que sentía, parece un cuento de Kafka[5] pero juro que fue así. Finalmente bajamos del avión, había que hacer conexión con otro vuelo que despegaba en, no sé, 40 minutos y la puerta de embarque estaba a 20 minutos de caminata. El wifi que no me andaba, había que caminar y yo seguía sin saber el resultado. Cedí a que me lo mostrara un compañero. A partir de acá todo cobra el aspecto de un sueño. 8-0. Me desplomé en el pecho de él (hincha de River, hoy uno de mis mejores amigos, en ese momento todavía no), algo así como un abrazo. Fue un subidón energético, me olvidé del sueño, del hambre. Estaba emocionado, exaltado, exhausto, todo; en un momento frenamos la marcha y me dí cuenta que estaba tan a mil que pensé “la voy a terminar quedando acá”[6]. En ese contexto se dió el mejor día de mi vida; a las dos horas, siete de la mañana de allá, llegábamos a Roma. Luego de una breve estadía en el hotel (pautamos una hora para dejar las valijas, si queríamos ducharnos, y prepararse para salir; obviamente, en ese tiempo me puse a ver el resumen del partido) ya estaba recorriendo la ciudad más increíblemente hermosa que haya visto. Con la camiseta de River puesta y una sonrisa de oreja a oreja, junto a amigxs que quería y quiero mucho. Enamorado de la vida como nunca[7].

[1] La anterior había sido en 2014 junto a mi abuela paterna. En aquel viaje conocí a algunxs de sus amigxs que se habían erradicado allá tras irse del país exiliadxs. El hermano de mi abuela es un detenido-desaparecido. El 2020 fue el primero en por lo menos siete años en el que no fui a la marcha del 24 de marzo. Sé que hubo un tiempo, más o menos cuando comenzaba la primaria, en que dejé de querer ir; aunque no recuerdo qué no me gustaba ni en qué año retomé. El 24 de marzo es el día en que más me gusta Buenos Aires. No es un día alegre, pero la tradición del encuentro con la familia, con el pueblo, movilizarse, el color de las banderas, el ruido de las murgas, el olor a humo y choripán... guarda un sentimiento festivo, de ritual colectivo. Como ir a la cancha.
[2] Tengo cierto fanatismo por Uruguay. Este verano fui por primera vez a Montevideo. Fue un viaje que organicé yo; necesitaba conocerlo, casi como un musulmán debe ir a La Meca. De esa ciudad es mi abuelo paterno, aunque desde muy jóven vive en Buenos Aires. Cuando yo nací él ya estaba en pareja con su segunda mujer. Hace no mucho ambxs se mudaron de su histórica casa en Guatemala y Canning. Además, tienen una quinta en un pueblito muy chico cerca de Luján, una propiedad extensa que en la época colonial fue la pulpería del pueblo. Mi abuelo es arquitecto (ya jubilado). Cuando yo era bebé, me construyó una sillita para la hamaca de la quinta. La sillita cedió y me rompí los brazos en la caída. Dicen que era de llorar poco (todavía lloro poco, aunque cada vez me sale más fácil); recién a los dos días sospecharon que algo no andaba bien y me llevaron al hospital. Me pusieron un yeso en cada brazo. Tenía un año y medio. Hace un tiempo se me ocurrió pensar si eso habrá influido de alguna forma (y cómo) en la formación de mi personalidad. No lo sé. Supongo que a algúnx estudiosx de alguna rama de la psicología podría interesarle.
[3] Hice el secundario en el Nacional Buenos Aires. Fui a una primaria privada, tipo jipi con osde, a la que sin embargo quiero mucho, porque me formó en una línea ideológica que hoy más o menos mantengo. Ya en ese entonces me interesaba el periodismo, lo comunicacional, lo social, lo político. Quise salir de la burbuja de lo privado y me mandé a una secundaria donde esperaba poder abrirme la cabeza. No me interesaba tanto lo académico como el convivir con mucha gente muy distinta, que por fuera de las clases haya política, haya cultura. Hoy en día entiendo que lo podría haber hecho en otras secundarias públicas, pero que cumplió con las expectativas, cumplió. Mis viejxs también cursaron ahí. Es una familia bastante intelectual, soy tercera generación universitaria. Por favor no lean estas líneas como un mero acto de pedantería, lo que quiero contar es que vivo una clase media acomodada, sin demasiados lujos materiales pero donde nunca me faltó nada. Y sobre todo que crecí en un ámbito progre y con interés por la cultura general (bueno, creo que esto quedó más pedante que antes. Hice lo que pude.).
[4] Mis primeros recuerdos futbolísticos son de la selección argentina. Un vaguísimo recuerdo de estar viendo el Mundial 2006 en mi escuela. Con un poco más de nitidez (precisamente lo que le faltaba al televisor en la casa de amigxs de la familia) la primera fecha de las Eliminatorias 2010, un 2-0 a Chile en el Monumental, con dos goles de tiro libre de Riquelme. Las primeras imágenes con River son más difíciles de rastrear. Era época de diferido y fueron años de muy poco brillo para el club. Mis principios como futbolero los relaciono más con el Manchester United, mi segundo club, en su momento. Mi ídolo era Tevez, jugador que hoy odio. Aún así, siempre fui de River. Es de las cosas que más me unen con mi viejo. Sufrimos mucho el camino al descenso y aún más esa temporada en la B. Nos cambió como hinchas, reforzó el vínculo. Otro punto de inflexión en mí fue el Mundial 2014. Fue tan fuerte lo vivido en ese momento, que de ahí en más fui perdiendo interés por la selección. No por resultadista, eh. Todo lo contrario, la ilusión dejó de tener sentido porque iba a ser imposible igualar ese momento. En el último Mundial prácticamente hinché por Uruguay. Hoy pienso que quizás esto que me pasó a partir de 2015 haya tenido que ver con el cambio de gobierno. Ojalá vuelvan los días felices.
[5] No se engañen, de Kafka sólo leí La Metamorfosis. Creo que el autor que más consumí a lo largo de mi vida es Fontanarrosa. En su momento me devoré la saga de Harry Potter. Los leí en seis meses, a medida que los iba consiguiendo. Mis novelas favoritas son El Barón Rampante, de Italo Calvino, y El Perfume, de Süskind. Elegir un cuento favorito ya es más difícil. Si me apurás, te digo Graffiti, de Cortázar.
[6] Nunca estuve lo que se dice cerca de la muerte, aunque hubo veces que me preocupé. De chiquito, alguna veraneada en la costa, siendo revolcado largo y tendido por una ola grande. Ya más grandulón, en mi única mala experiencia con drogas. Una vez casi me pisan dos camiones, uno detrás de otro, por ir a buscar la pelota que se nos había ido de la plaza a la calle. Al día siguiente me desperté con tortícolis. Sufro bastante de contracturas. La primera que recuerdo fuerte fue unos días antes de rendir uno de los exámenes de ingreso en séptimo grado. Hace poco terminé de entender, o de aceptar, que son la forma en que se materializan mis miedos, mis angustias, no son sólo tensiones físicas. Entonces cuando aparece una charlo con ella, averiguo qué la trae por ahí. Hoy las controlo más, o por lo menos las llevo mejor.
[7] No solo estaba enamorado de la vida. También estaba enamorado de una de las personas con quienes viajé. Poco antes había empezado psicoanálisis. El recuerdo más lejano que tengo de sentir más o menos lo mismo que siento ahora cuando hablo de estar enamorado será de hace unos siete u ocho años. Un segundo recuerdo, de uno o dos años después, es un poco más nítido; ahí estaba empezando a comprender qué era ese calor en el pecho. Algún tiempo después acepté que por más que lo intentara nunca iba a poder descifrar el amor. Soy una persona muy racional, me gusta pensar las cosas, hacer deducciones, elaborar esquemas mentales, comprender. Con esto no puedo. El sentimiento de amor se impone sobre mi cabeza, que lo único que puede hacer es intentar convivir con ello. A veces es fácil, a veces muy difícil. Y cuanto más deseo sexual haya de por medio, ¡qué quilombo todo!

martes, 21 de abril de 2020

En este cuento no hay certezas; estaría siendo genial.

Comentarios de lectura de Subjuntivo, de Juan Sasturain. Leé el cuento acá:

SUPÓN QUE TE DESPIERTES

Este cuento me empezó a cautivar ni bien empezó. Creo que por dos cosas. La primera es que, al estar enunciado en subjuntivo, recuperando al alocutario dentro del relato, se percibe como un diálogo; más allá... esa segunda persona en el verbo, en el pronombre “te”; sumado al modo subjuntivo, se propone como un juego al que el escritor/narrador invita a jugar a vos, en tanto lector y automáticamente te convierte eso también en protagonista. El segundo factor de encanto de este cuento es que leía estas mismas primeras líneas con una gran extrañeza. Había algo que internamente no terminaba de cerrar. Claro, ese terreno de lo no concreto, de la duda, es cualidad del modo subjuntivo. Y, sumado a lo que dije anteriormente, el diálogo entre la consigna de escritor a lector y el relato ficticio propio del cuento, era difícil en esas condiciones establecer el alcance del segundo, entenderle la forma. Las intenciones de lo quiere el narrador que nos imaginemos al recrear la historia, el verosímil que nos está narrando no son claras. Hay una persona que reconoce algunas cosas y otras no. Como si tuviera amnesia. Pero, ¿las cosas que reconoce, las recordaba de antes? Las que no, ¿las olvidó? O quizás emergió tal cual empieza el cuento, en esa cama reconociendo algunas cosas y otras no, como si hubiera nacido, se hubiera materializado así con tan solo ser nombrado por el narrador. El modo subjuntivo impide al comienzo in medias res dejar establecido el marco. Además, la segunda persona: ¿esa persona soy yo? ¿Cómo debo plantear imaginariamente lo que estoy leyendo? Puedo yo imaginarme en esa situación hipotética, o imaginar a un protagonista de una historia concreta que el narrador está recuperando de otro enunciado y lo recupera acá contándolo en segunda persona para lograr interpelar más a su lector... creo que me estoy metiendo en terrenos muy abstractos. Puede que sea mejor no intentar explicar lo que no puedo: lo que me es extraño. Algo que sí puedo decir, pensando en frío: más adelante, cuando vas reuniendo los datos suficientes como para reconstruir la(s dos) historia(s), se olvida de que al principio uno no entendía si plantearse a sí mismo en esa situación imaginaria (yo, por lo menos, dejé de hacerlo, inventé otro protagonista conforme avanzaba el cuento, me imaginé una persona flaca, algo alta, de pelo castaño oscuro, tez blanca, mirada profunda, algo perdida. Similar a la cara de varios otros personajes que mi mente ha recreado). En todo caso, y en medio de la duda, al protagonista le era todo extraño, así que, si supuestamente podría ser uno mismo, por qué no sentirse extraño también.
Luego, me dí cuenta de algo más: todo en la historia lleva a la duda, a lo extraño. No es solo el modo subjuntivo del verbo lo que deposita a lo escrito en el terreno de la duda; en lo narrado todo el tiempo hay un juego entre cosas que el protagonista sabe o no; que el narrador explica menos o más; cosas que se van revelando, ya sea para el protagonista o para el lector o para el protagonista/lector (esa duda sigue vigente), que haya cosas concretas sin descripción, y descripciones para cosas que no están aclaradas. Hay adverbios y adjetivos que otorgan incertezas... en fin, hay una multiplicidad de recursos que hacen que todo el texto sea subjuntivo, sea algo que es y no es a la vez... “Todo el texto ES subjuntivo” pensé, justo cuando el narrador nos presentaba al personaje homónimo. 


Recién a partir del diálogo entre Subjuntivo (personaje) y el protagonista pude visibilizar la primera historia: un hombre que sospecha que no recuerda se deja llevar por las personas que tiene en su entorno intuyendo que lo que le proponen le develará el misterio; no solo el de las personas en la foto si no (si es que él no es uno de ellos) el de su propia persona. Uno puede suponer (y acertará), llegado a este punto, que tanto misterio debería ser resuelto en el final, revelándose la segunda historia, en una estructura acorde, diría Piglia, al cuento clásico. Ese final llega y se devela dicha segunda historia: efectivamente el protagonista no recordaba porque fue capturado por Subjuntivo y sus secuaces; él no era una de las personas de la foto pero sí estaba involucrado con ellos, era su asesino. Todo el cuento encierra en su relato oculto una trama de venganza. ¡Ah! Y lo que leímos es la carta que Subjuntivo le escribió al protagonista. Es decir, leímos un elemento del cuento que a la vez es el cuento. Un metarelato espiralado, como una serpiente que se come la cola. Todo en este texto es y no es a la vez. 

domingo, 19 de abril de 2020

Microcuentos

(Dos por ahora)

Consigna profética
Vas a escribir un microcuento. Incluirás un monje y un libro. Y el cuento dirá: "Vas a escribir un microcuento. Incluirás un monje y un libro. Y el cuento dirá: "Vas a escribir un microcuento (...)".

El deseo de un libro
Si tan solo ese monje supiera cómo abrirme... ojalá vengas y le enseñes. 

sábado, 18 de abril de 2020

Le pedí a la consigna que me prestara este texto

Muchas veces al querer hablar o escribir de algo, unx cede ante la búsqueda de objetividad y se dedica a hablar más de unx que de lo que aparenta hablar. El cuento del que hablo acá es uno de esos casos, y todo el texto (el mío, hablando del cuento) también. Es un texto medio escrito a los apurones, no por falta de tiempo (de hecho fue escrito en varios días, de a fragmentos cortos y en intervalos largos) si no por falta de ganas. Un texto, que habla sobre la ansiedad y las sensaciones que atraviesa la protagonista en el cuento, escrito con hartazgo. Un cuento sobre la ansiedad. En estos tiempos tan locos que vivimos. Escrito con hartazgo. Un texto, en fin, que distará de ser el que más me guste de los que tengo en el blog, que será de los menos revisados, de los menos producidos. Uno, sin embargo, al que le debo agradecer el espacio de dejarme tomarlo prestado y hablar - sin decir nada - más sobre mí que sobre la consigna.



Me pidieron que tomara un cuento que haya elegido algunx compañerx para su blog, que no sea del mismo autor del que había hablado anteriormente (en su momento, elegí Walsh). Yo le agregué una segunda restricción y evité que este segundo cuento sea de Soriano. De Soriano he leído bastante más que de lxs otrxs autorxs y me gusta lo que hace. De haber buscado textos desconocidos por mí para la actividad anterior, hubiera encarado la búsqueda hacia los suyos. Por eso, ahora quise reponerme buscando algo aún más inédito en mí. Pero mis esfuerzos fueron en vano porque entré por azar al primer blog que encontré con otrx autorx, y dí con un texto que ya leí y escuché, al menos en fragmentos, varias veces el año pasado. Es "La peluquería", de Hebe Uhart, aunque el año pasado, cuando llegó en pedacitos a mí, desconocía ambos datos.

El cuento está en primera persona y es, básicamente, una sucesión de pensamientos que tiene la personaje-narradora estando en la peluquería. La estructura principal del relato tiene un hilo argumental bastante sencillo; la protagonista va pasando por los distintos lugares de la peluquería: esperando mientras le aplica la tintura, en la pedicura, lavándose el pelo, cortándoselo y finalmente yéndose. La historia no está situada en un tiempo más que el presente de cualquier visita a la peluquería: es un texto de carácter cotidiano, donde describe sus sensaciones generales de cada vez que va a ese lugar, a la vez que lo describe también a él.
Si tuviera que tomar la teoría de Piglia como absoluta, afirmaría que se trata de un cuento moderno. Se piensa al cuento como el relato de dos historias, una aparente, más previsible, y la otra oculta, más enigmática, aquella que le da forma al cuento, que le da sentido a que haya un final y que hace que el final le dé sentido al cuento. Pues bien, el cuento moderno sería aquel que "abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca." Podemos imaginar a la primera historia como la rutina de la peluquería, la forma en que a medida que la protagonista se va moviendo de un lado a otro de la misma, la describe, habla sobre sus empleadxs, etc. La segunda historia sería que ese movimiento no es solo físico, la transformación no se da solo en el pelo. Hay una transformación constante en las sensaciones que va atravesando la protagonista. A medida que va cambiando su look, lo hacen sus niveles de ansiedad, de autoestima, de la percepción de sí misma. "En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones" dice al comenzar, luego de contar cómo mientras está ahí piensa en irse a otro lado. "Pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor." dice refiriéndose al peluquero, y ahí uno puede inferir que ese comentario está centrado en el otro, que el texto se trata de una reflexión sobre cómo se comporta la gente dentro de ese negocio (el cuento hace un extenso relato de eso mismo más tarde, describiendo ciertos personajes con mucho detalle, haciendo un análisis de las distintas clases sociales dentro del recinto, etc), pero rápidamente la narradora te lleva de nuevo al plano de lo personal: "Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias". La narradora juega todo el tiempo con esta dualidad entre las reflexiones que respectan más a lo exterior y las que lo hacen a lo interior. El relato, en tanto sucesión de acciones, avanza conforme lo hace la rutina de la protagonista en la peluquería, y el cuento termina cuando ésta sale del local. Pero la información que nos devela la frase final no es solo que terminó la secuencia, y, con eso, el cuento. La protagonista sale contenta. En esa aclaración, en ese adverbio, se nos confirma la existencia de la ya nombrada segunda historia. Si hasta entonces, ya desde el comienzo del relato podíamos advertir que la protagonista reflexionaba sobre sí misma más que cualquier otra acción o descripción, no es hasta el final del relato que no podemos afirmar que ese sea el elemento central del cuento. En definitiva, leemos hasta el final para confirmar si se trata de eso que intuímos o si hay algo más, acostumbrados, quizás, a la estructura del cuento clásico, el que al final devela una trama oculta que parecía marginal a lo que se aparentaba contar. Acá, al ser un cuento moderno, esa segunda trama no se esclarece del todo, pero, a diferencia de autores como Hemingway, tampoco está del todo oculta. Se visibiliza desde el principio, se mezcla con la trama más superficial y van alternando, mostrándose por momentos cada una, en oposición, en tensión, sin pretender resolverse, solo mostrarse en convivencia. Es en ese contraste que nace el interés en el cuento, en ver hasta qué punto se evidencia esa segunda trama que la narradora deja intuir pero nunca termina de mostrar del todo. Y es hasta el final que uno no puede establecer cuál es la relación entre las dos.